El cañón de la pistola permanecía inmóvil frente al pecho del joven.
Su respiración era cada vez más rápida.
Podía escuchar el tic tac de un viejo reloj colgado en la pared mientras el anciano sonreía con una tranquilidad escalofriante.
—No te preocupes —susurró el viejo—. En unos minutos dirán que mataste al ganador para robarle el premio.
El muchacho tragó saliva.
—¿Por qué hace todo esto?
—Porque el dinero siempre encuentra al hombre más despiadado.
En ese instante sonaron unas sirenas a lo lejos.
El anciano sonrió satisfecho.
—Ya vienen.
Pero el joven notó algo extraño.
Sobre el viejo mostrador descansaba un teléfono móvil encendido.
La pantalla seguía grabando.
Comprendió que el anciano había olvidado detener la cámara después de revisar unas monedas antiguas para un cliente anterior.
Sin hacer movimientos bruscos comenzó a hablar.
—Entonces usted disparó tres veces para quedarse con el premio.
El viejo respondió con orgullo.
—Tres disparos. Ninguno falló. Después escondí el cadáver y me llevé el billete. Nadie sospecharía de un viejo comerciante.
El joven dio un pequeño paso hacia atrás.
Necesitaba ganar tiempo.
—¿Y por qué venderme precisamente ese boleto?
El anciano soltó una carcajada.
—Porque necesitaba unas huellas nuevas. Las tuyas.

De repente golpearon la puerta.
—¡Policía! ¡Abra inmediatamente!
El viejo frunció el ceño.
Aquello había ocurrido demasiado pronto.
Mientras dirigía la mirada hacia la entrada, el joven lanzó con todas sus fuerzas una pesada lámpara de bronce.
La lámpara impactó la mano armada.
El disparo salió desviado y rompió un espejo antiguo.
El joven corrió hacia el mostrador, tomó el teléfono que seguía grabando y abrió el pestillo de hierro.
Tres agentes irrumpieron en la tienda.
El anciano intentó disparar otra vez.
No tuvo oportunidad.
Fue reducido contra el suelo en pocos segundos.
Uno de los policías recogió el teléfono.
Escuchó la confesión completa del comerciante.
Después abrió el cajón oculto del mostrador.
Dentro aparecieron el boleto ganador original, grandes fajos de dinero, el arma utilizada en el crimen y un reloj cubierto con manchas de sangre que pertenecía al verdadero ganador de la lotería.
El silencio invadió la tienda.
El inspector miró al joven.
—Si hubiéramos llegado cinco minutos más tarde, ahora mismo usted estaría acusado de asesinato.
El anciano levantó lentamente la cabeza.
Por primera vez había desaparecido aquella sonrisa de superioridad.
Mientras era esposado observó el boleto ganador por última vez.
Había conseguido millones.
Pero acababa de perderlo absolutamente todo.