Lucía permaneció varios minutos inmóvil dentro del taxi.
La tarjeta negra descansaba sobre su mano como si pesara una tonelada.
Setenta millones de pesos.
Su hijo tenía trece años.
Nada de aquello tenía sentido.
—¿Se encuentra bien, señora? —preguntó el conductor al verla completamente pálida.
Lucía apenas asintió.
En cuanto llegó a su pequeño departamento de Narvarte, cerró con doble llave, bajó todas las persianas y volvió a leer el mensaje.
“No confíes en nadie de papá.”
Aquellas cinco palabras la inquietaban mucho más que el dinero.
Porque Emiliano jamás exageraba.
Si había escrito aquello, era porque realmente tenía miedo.
Respiró hondo y tomó la computadora portátil.
Buscó el número desconocido.
No apareció registrado en ninguna aplicación.
Llamó.
Estaba apagado.
Intentó responder el mensaje.
Nunca fue entregado.
Entonces observó nuevamente la tarjeta.
No tenía logotipo bancario.
Solo un pequeño grabado plateado con dos letras.
A.M.
A la mañana siguiente acudió a una sucursal bancaria privada del poniente de la ciudad.
El gerente examinó la tarjeta apenas unos segundos.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Podría acompañarme, por favor?
La condujo hasta una oficina privada.
Cerró la puerta.
—Necesitaré una identificación.
Lucía entregó su credencial del INE.
El hombre escribió algunos datos.
Después introdujo la tarjeta en un lector especial.
Su rostro perdió completamente el color.
—¿Ocurre algo?
El gerente levantó lentamente la vista.
—Señora Mendoza…
Hizo una pausa.
—¿Esta tarjeta llegó realmente a sus manos de manera voluntaria?
Lucía sintió un escalofrío.
—Sí.
—¿Quién se la entregó?
Dudó unos segundos.
—Mi hijo.
El gerente permaneció completamente serio.
—Entonces necesito hacer una llamada.
—¿Hay algún problema con el dinero?
Él negó despacio.
—El dinero existe.
Abrió nuevamente la pantalla.
—El saldo disponible es de sesenta y nueve millones ochocientos cuarenta y tres mil pesos.
Lucía dejó de respirar.
No era una estafa.
El dinero estaba allí.
Pero el gerente parecía mucho más preocupado que sorprendido.
—¿Qué ocurre?
El hombre bajó la voz.
—Esta cuenta no pertenece a ningún banco mexicano.
La habitación quedó en silencio.
—¿Cómo?
—Es un fondo privado administrado desde Suiza.
Lucía frunció el ceño.
—Mi hijo jamás podría abrir algo así.
—Precisamente.
El gerente volvió a mirar la pantalla.
—Porque el titular registrado tampoco es su hijo.
Al salir del banco, el teléfono comenzó a sonar.
Era Julián.
Lucía dudó unos segundos antes de contestar.
—¿Qué quieres?
La voz de su exmarido sonaba mucho menos relajada que días atrás.
—¿Recibiste alguna llamada extraña?
Lucía sintió un vuelco en el estómago.
No respondió.
—Lucía…
Su tono cambió.
—Escúchame con atención.
—Te escucho.
—Si Emiliano intenta ponerse en contacto contigo, me lo dices inmediatamente.
Aquellas palabras hicieron que todas las alarmas se encendieran.
—¿Por qué?
Hubo un silencio demasiado largo.
—Porque está confundido.
—¿Confundido sobre qué?
—Ha estado revisando documentos de la empresa sin autorización.
Lucía cerró los ojos.
Emiliano jamás había tenido acceso a la empresa.
A menos…
Recordó todas las tardes en que acompañaba a Julián a la oficina porque no tenían con quién dejarlo.
Mientras ellos celebraban reuniones, Emiliano hacía la tarea en una pequeña sala junto al archivo.
Siempre le habían gustado los documentos.
Exactamente igual que a ella.
—No sabes de qué hablas —respondió Julián.
Pero ya era tarde.
Lucía empezaba a unir las piezas.
—¿Qué encontró mi hijo?
Julián elevó ligeramente la voz.
—No encontró nada.
—Entonces, ¿por qué estás tan nervioso?
El silencio volvió.
—Solo recuerda una cosa.
Su tono se volvió frío.
—Todo lo que Emiliano diga sobre mi empresa será mentira.
Y colgó.
Aquella misma noche, Lucía recibió un sobre debajo de la puerta de su departamento.
No tenía remitente.

Solo su nombre escrito con tinta negra.
Dentro encontró una memoria USB.
Y una nota.
“No abras los archivos en tu computadora. Ya están vigilando tu internet.”
No había firma.
Solo una fecha.
Y una dirección.
Apenas unos minutos después sonó nuevamente su teléfono.
Esta vez era una videollamada.
Número oculto.
Lucía respondió.
La imagen apareció completamente oscura.
Solo se distinguía una silueta.
—Mamá.
Las lágrimas llenaron inmediatamente sus ojos.
—¿Emiliano?
—No tengo mucho tiempo.
La voz era baja.
Agitada.
—Escúchame muy bien.
—¿Dónde estás?
—Con papá.
—¿Estás bien?
Él no respondió.
En cambio hizo otra pregunta.
—¿Fuiste al banco?
Lucía sintió un nudo en la garganta.
—Sí.
—¿Te dijeron cuánto había?
—Sí.
Hubo un breve silencio.
Después Emiliano dijo algo que hizo que el mundo entero pareciera detenerse.
—Ese dinero nunca fue de papá.
Lucía dejó de respirar.
—¿Qué significa eso?
—Hace dos años encontré una carpeta escondida en su despacho.
Miró varias veces hacia un lado, como si alguien pudiera entrar en cualquier momento.
—Mamá… papá lleva años usando empresas fantasma.
La imagen comenzó a distorsionarse.
—¿Empresas para qué?
—Para esconder dinero que…
La llamada se congeló.
Volvió durante apenas un segundo.
Lo suficiente para escuchar la frase que cambiaría por completo la vida de Lucía.
—Yo no elegí vivir con él porque dejé de quererte… lo hice porque era la única forma de descubrir dónde escondía todo antes de que te matara a ti también.
La pantalla quedó completamente negra.
Antes de que Lucía pudiera volver a llamar, recibió un nuevo mensaje desde otro número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
En ella aparecía Emiliano entrando al despacho privado de Julián.
Pero no estaba solo.
Detrás de él, parcialmente oculto por una puerta, había un hombre sosteniendo una pistola con silenciador… apuntando directamente a la espalda de su hijo.