Elena colgó el teléfono y respiró profundamente.
Había esperado diez años para utilizar aquel número secreto.
Cinco minutos después recibió un único mensaje.
“El protocolo ha sido activado.”
Mientras tanto, Fushin permanecía solo en su despacho.
Creía haber ganado definitivamente.
No imaginaba que su mayor error acababa de comenzar.
A la mañana siguiente, la junta extraordinaria del Instituto Nacional de Ciencias de Beijing fue convocada de urgencia.
Investigadores, directivos y representantes del ministerio ocuparon la sala principal.
Fushin entró con absoluta confianza.
Pero su expresión cambió al ver a Elena sentada junto al presidente del consejo.
—¿Qué significa esto?

El presidente colocó una carpeta azul sobre la mesa.
—Antes de aprobar el nombramiento del nuevo investigador visitante, hemos recibido información que exige una revisión inmediata.
Fushin frunció el ceño.
Elena permanecía completamente tranquila.
La carpeta contenía correos electrónicos.
Registros internos.
Y varias autorizaciones firmadas únicamente por Fushin.
El consejo comenzó a revisar cada documento.
Uno de los consejeros levantó la vista.
—Estos expedientes fueron ocultados deliberadamente al comité científico.
Otro añadió con voz grave.
—También existen conflictos de intereses que nunca fueron declarados.
El silencio se hizo insoportable.
Fushin miró fijamente a Elena.
—Fuiste tú.
Ella respondió sin alterarse.
—No fabriqué ninguna prueba.
Solo mostré las que llevabas años escondiendo.
El presidente tomó la palabra.
—Hasta que concluya la investigación, queda suspendido el nombramiento y todas las facultades del doctor Fushin Yan.
La noticia cayó como una bomba.
Los miembros del consejo comenzaron a abandonar lentamente la sala.
Fushin intentó detenerlos.
—¡No podéis hacer esto!
Nadie respondió.
Cuando la sala quedó casi vacía, Elena se acercó por última vez.
—Pensabas que el poder consistía en controlar a los demás.
Lo miró directamente a los ojos.
—Pero el verdadero poder consiste en no traicionar nunca aquello que construimos juntos.
Fushin bajó lentamente la cabeza.
Por primera vez comprendía que había perdido mucho más que un cargo.
Había destruido la confianza de la única persona que siempre luchó a su lado.
Elena recogió su carpeta y caminó hacia la salida.
Antes de cruzar la puerta, pronunció unas últimas palabras.
—Nuestra historia terminó el día que convertiste la ambición en algo más importante que la verdad.
Las puertas se cerraron detrás de ella.
En el enorme edificio del instituto solo quedó un hombre completamente solo.
El científico que quiso quedarse con todo acababa de descubrir que ningún triunfo vale la pena cuando se construye sobre la traición.