PARTE 2
El chófer miró varias veces por el retrovisor mientras el automóvil cruzaba las calles oscuras.
—¿Adónde me lleva? —preguntó Valeria.
—A un lugar donde Doña Ramona no podrá tocarte.
La respuesta no consiguió tranquilizarla.
Valeria aún vestía el traje de novia. Tenía las manos frías, el maquillaje corrido y el corazón golpeándole con violencia.
—Detenga el coche.
—No puedo.
—¡He dicho que se detenga!
El hombre redujo la velocidad, pero no frenó.
—Me llamo Julián. Trabajé para tu padre.
Valeria quedó inmóvil.
Su padre había muerto cuando ella tenía diez años. Su madre siempre le había dicho que había sido un accidente.
—No conoció a mi padre.
Julián sacó una vieja fotografía del bolsillo de su chaqueta y se la entregó.
En la imagen aparecía su padre frente a una fábrica, acompañado por un hombre más joven. Era Julián.
Detrás de ellos estaba Doña Ramona.
—Tu padre era socio de la familia de Mateo —explicó—. La mitad del imperio que Ramona presume como suyo le pertenecía a él.
Valeria sintió que le faltaba el aire.
—Eso es imposible.
—Cuando murió, tú heredaste sus acciones. Pero eras una niña. Ramona falsificó varios documentos y puso todo bajo su control.
El automóvil se detuvo frente a una pequeña casa apartada del pueblo.
El hombre misterioso del jardín los esperaba en la entrada.
Era alto, vestía un traje oscuro y sostenía una carpeta de cuero.
—Valeria, soy Esteban Salgado —dijo—. Fui el abogado de tu padre.
Ella bajó del vehículo sin apartar la mirada de la carpeta.
—¿Por qué aparecen ahora?
Esteban abrió la puerta de la casa.
—Porque hasta hoy necesitábamos que Ramona cometiera un error frente a testigos.
Dentro había varias cajas llenas de documentos, grabaciones y fotografías antiguas.
Sobre una mesa descansaba una copia del contrato matrimonial que Valeria debía firmar después de la ceremonia.
Esteban señaló una cláusula marcada en rojo.
—Al casarte con Mateo, cedías la administración de todos tus bienes a su familia.
Valeria leyó dos veces la frase.
La orden de administrar su sueldo no había sido una simple humillación.
Era el inicio de un plan.
—Querían casarme para quedarse legalmente con lo que ya me habían robado.
—Exactamente —respondió Esteban—. Ramona sabía que comenzabas a sospechar sobre el patrimonio de tu padre.
Valeria recordó las veces que su suegra había insistido en organizar la boda con urgencia. También recordó la extraña amabilidad de Mateo durante los últimos meses.
Todo había sido una trampa.
—Mateo lo sabía.
Esteban guardó silencio.
Aquella falta de respuesta fue suficiente.
Valeria se quitó el anillo y lo dejó sobre la mesa.
—Entonces destruyámoslos.
A la mañana siguiente, Doña Ramona reunió a toda la familia en su despacho.
Había ordenado bloquear las cuentas bancarias de Valeria y despedirla de la empresa.
—Cuando se quede sin nada, volverá arrastrándose —afirmó con arrogancia.
Mateo caminaba de un lado a otro.
—Mamá, esto se ha salido de control.
—Tú cállate. Ni siquiera fuiste capaz de detener a tu propia prometida.
En ese momento, la puerta se abrió.
Valeria entró acompañada por Esteban, Julián y dos funcionarios judiciales.
Doña Ramona se levantó de golpe.
—¿Cómo te atreves a entrar aquí?
Valeria colocó una carpeta sobre el escritorio.
—Vengo a recuperar lo que pertenece a mi familia.
Uno de los funcionarios entregó a Ramona una orden oficial.
Sus cuentas, propiedades y empresas quedaban temporalmente congeladas mientras se investigaban delitos de falsificación, fraude y apropiación indebida.
La anciana leyó el documento con manos temblorosas.
—Esto no tiene ningún valor.
—Tiene el sello del tribunal —respondió Esteban— y la firma del notario al que usted sobornó hace diecisiete años.
Ramona palideció.
Mateo tomó uno de los documentos y descubrió la verdad sobre la herencia.
—Mamá… me dijiste que todo esto era nuestro.
—Lo es.
—No —intervino Valeria—. Nunca lo fue.
Ramona intentó romper los papeles, pero uno de los funcionarios la detuvo.
Los empleados comenzaron a reunirse en el pasillo. Muchos habían escuchado los gritos.
Valeria se volvió hacia Mateo.
—¿Sabías que querían quitarme mis bienes?
Él bajó la cabeza.
—Mi madre dijo que era lo mejor para la familia.
—¿Y dejarme como una sirvienta también era lo mejor?
—Yo pensaba hablar contigo después de la boda.
Valeria soltó una risa amarga.
—Tu silencio en el altar fue tu respuesta.
Mateo intentó acercarse, pero ella retrocedió.
—No vuelvas a tocarme.
Ramona perdió el control.

—¡Eres una desagradecida! ¡Te recogimos cuando no tenías nada!
Valeria la miró con serenidad.
—Yo siempre tuve algo. Usted solo se aseguró de que no lo supiera.
Los funcionarios comenzaron a registrar el despacho.
En un cajón encontraron contratos falsificados y transferencias realizadas a cuentas extranjeras.
Ramona comprendió que su imperio se derrumbaba.
—Podemos llegar a un acuerdo —murmuró.
—Ya intentó comprar mi futuro una vez —respondió Valeria—. No tendrá otra oportunidad.
Antes de abandonar la casa, Valeria se detuvo frente a Mateo.
—Dijiste que me amabas.
—Te amo.
—El amor que necesita permiso de una madre no es amor. Es cobardía.
Valeria salió sin mirar atrás.
Semanas después, el tribunal le devolvió el control provisional de las empresas de su padre. Doña Ramona fue procesada y Mateo quedó excluido de cualquier participación administrativa.
Valeria no celebró con una gran fiesta.
Regresó sola al salón donde había abandonado su boda.
Su velo todavía estaba guardado en una caja.
Lo sacó, lo contempló durante unos segundos y después lo dejó caer dentro de una chimenea encendida.
Mientras las llamas consumían la tela blanca, Valeria comprendió que no había perdido un matrimonio.
Había escapado de una prisión.
Y por primera vez, su destino le pertenecía únicamente a ella.