PARTE 2: EL TESTIGO OCULTO REVELÓ QUIÉN HABÍA INTENTADO ENVENENAR A LA ABUELA.

La puerta se abrió de golpe.

Todos giraron la cabeza al mismo tiempo.

En el umbral apareció Don Ernesto.

El viejo jardinero de la familia sostenía una pequeña cámara entre las manos.

La madrastra perdió la sonrisa.

—¿Qué haces aquí?

El anciano avanzó lentamente.

—Llevo veinte años trabajando en esta casa.

Miró directamente a Lucía.

—Y hoy decidí dejar de tener miedo.

La madrastra soltó una carcajada.

—Nadie va a creer la palabra de un jardinero.

Don Ernesto levantó la cámara.

—No hace falta que crean mi palabra.

Reprodujo la grabación.

En la pantalla se veía claramente a la mujer vaciando el contenido del misterioso frasco en el vaso de agua de la abuela.

También se escuchaba su voz.

—Cuando muera, toda la herencia será finalmente mía.

El silencio fue absoluto.

Lucía sintió que las piernas le temblaban.

Por fin existía una prueba.

La madrastra intentó arrebatar la cámara.

Pero Don Ernesto dio un paso atrás.

En ese instante se escucharon fuertes golpes en la puerta principal.

Los sirvientes se miraron entre sí.

Uno de ellos reunió valor y abrió.

La policía entró acompañada por una ambulancia.

Un empleado había logrado escapar por una ventana trasera durante la tormenta para pedir ayuda.

Los agentes observaron la grabación.

Después encontraron el frasco escondido en el bolsillo de la madrastra.

Un perito tomó una pequeña muestra del líquido.

Minutos después confirmó que contenía una sustancia tóxica.

La mujer comprendió que todo había terminado.

Intentó huir.

Pero dos agentes la sujetaron antes de llegar al pasillo.

Mientras la esposaban, gritó desesperadamente.

—¡Todo era mío! ¡Ella iba a cambiar el testamento!

Lucía quedó completamente inmóvil.

La abuela abrió lentamente los ojos.

Con un hilo de voz respondió:

—Precisamente… por eso lo cambié.

El abogado de la familia, que acababa de llegar con la policía, sacó un sobre sellado.

—La señora firmó un nuevo testamento hace tres días.

Lo abrió delante de todos.

—Toda la fortuna será destinada a una fundación para ancianos abandonados.

Hizo una pausa.

—Y la administración quedará en manos de su nieta, Lucía.

La madrastra dejó caer la cabeza.

Había intentado matar por una herencia que ya nunca recibiría.

Los médicos trasladaron rápidamente a la abuela al hospital.

Horas más tarde confirmaron que llegaría a recuperarse gracias a que el veneno fue descubierto a tiempo.

Antes de entrar en quirófano, tomó la mano de Lucía.

—Nunca dejes que el dinero valga más que una vida.

Lucía rompió a llorar.

La abrazó con cuidado.

Aquel día comprendió que la verdadera herencia de su abuela no era la fortuna familiar.

Era el valor de enfrentarse a la injusticia incluso cuando parecía que nadie iba a creer la verdad.

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