PARTE 2: EL AGUA NO ERA AGUA.

La voz volvió a resonar en la oscuridad.

—Ya no tengo sed.

No era la voz de Carlos.

Sonaba más grave, más lenta, como si varias personas hablaran al mismo tiempo desde el interior de su garganta.

Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo.

—Carlos… ¿eres tú?

La figura inmóvil levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos brillaban con el mismo color verde de las esferas flotantes.

No parpadeaba.

No respiraba.

Las gotas suspendidas comenzaron a girar alrededor de él formando un extraño círculo perfecto.

Entonces las luces de emergencia se encendieron con un destello rojizo.

Lo que vi me dejó sin aliento.

El agua no estaba mojando su piel.

Estaba atravesándola.

Pequeños hilos luminosos entraban por sus poros y recorrían sus venas como si sustituyeran su sangre.

Carlos sonrió.

Pero aquella sonrisa ya no le pertenecía.

—Ahora entiendo por qué nos encerraron aquí.

Retrocedí instintivamente.

—¿Qué quieres decir?

Él levantó una mano.

Una esfera de agua flotó hasta quedar suspendida sobre su palma sin tocarla.

—Esto no es agua.

La esfera cambió de forma como si estuviera viva.

Dentro comenzaron a aparecer diminutos destellos que recordaban a neuronas conectándose unas con otras.

—Es una colonia inteligente.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Eso es imposible.

—También creía que la gravedad era imposible hace cinco minutos.

Las paredes del laboratorio vibraron.

Una pantalla cubierta de polvo cobró vida de repente.

Las palabras aparecieron una tras otra.

FASE TRES COMPLETADA.

PRIMER ANFITRIÓN ESTABLE.

Mi respiración se aceleró.

—¿Anfitrión?

Carlos observó la pantalla con absoluta tranquilidad.

—Llevaban décadas buscándolo.

De pronto, cientos de pequeñas luces comenzaron a encenderse en las cápsulas metálicas alineadas contra las paredes.

Nunca las habíamos visto porque permanecían ocultas en la oscuridad.

Una tras otra fueron abriéndose lentamente.

Dentro había personas.

Hombres.

Mujeres.

Niños.

Todos inmóviles.

Todos completamente cubiertos por aquella extraña sustancia líquida.

Algunos llevaban uniformes militares.

Otros batas de laboratorio.

Parecían dormir desde hacía muchos años.

—Dios mío…

Una voz electrónica inundó la sala.

—Bienvenidos al Proyecto Génesis.

Si están escuchando este mensaje, significa que la Tierra ha permanecido inhabitable durante más de doscientos años.

Mi corazón dejó de latir durante un instante.

Miré el calendario oxidado que seguía colgado en la pared.

Marcaba el año 2034.

La inteligencia artificial continuó hablando.

—Los voluntarios fueron criogenizados mientras la colonia biológica desarrollaba un organismo capaz de reconstruir el planeta.

Volví a mirar a Carlos.

Él sonreía.

Como si ya conociera toda la verdad.

—No llevamos tres días encerrados.

Su voz era tranquila.

Dolorosamente tranquila.

—¿Qué estás diciendo?

Se acercó a una ventana cubierta por una gruesa compuerta metálica.

Pulsó un interruptor.

Con un estruendo ensordecedor, el blindaje comenzó a levantarse lentamente.

Una luz cegadora inundó el laboratorio.

Corrí hacia la abertura.

Y el mundo que apareció al otro lado destruyó todo lo que creía saber.

No existían ciudades.

No existían carreteras.

No existían edificios.

Solo un océano interminable cubría el horizonte.

Sobre aquellas aguas flotaban gigantescas esferas verdes idénticas a las que había dentro del laboratorio.

Cada una medía cientos de metros de diámetro.

Y todas parecían observarnos.

La inteligencia artificial pronunció entonces la frase que terminó de romper nuestra realidad.

—Fecha actual: 18 de septiembre del año 2249.

Carlos me miró lentamente.

Después señaló las inmensas esferas flotando sobre el nuevo mundo.

—Ahora ya sabes por qué… ellas nos estaban esperando.

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