Daniel no se volvió de inmediato.
Seguía mirando la imagen congelada de la pantalla.
La pequeña botella.
La etiqueta.
“Sedante de uso veterinario.”
Solo entonces habló.
—¿Cuánto tiempo lleva esto?
Su padre permaneció en la puerta con los brazos cruzados.
—Apaga eso.
Daniel cerró lentamente la computadora portátil.
Después se levantó.
—Te hice una pregunta.
Roberto sonrió con una tranquilidad que resultaba escalofriante.
—No siempre conviene saber demasiado.
En ese momento apareció su madre.
—¿Qué ocurre?
Roberto respondió antes que Daniel.
—Nada importante. Solo estaba curioseando las cámaras.
Ella palideció apenas un instante.
Fue suficiente.
Daniel lo vio.
Durante toda su vida había aprendido a reconocer aquel gesto.
Era el mismo que hacía su madre cada vez que mentía.
—¿Qué había en esa botella?
Ninguno respondió.
Daniel dio un paso hacia el pasillo.
Su madre intentó sujetarlo del brazo.
—Ya es tarde. Hablen mañana.
Él apartó suavemente su mano.
—¿Qué había en esa botella?
La mujer tragó saliva.
—Solo…
Era un medicamento para tranquilizar a los perros del rancho.
Daniel sintió un nudo en el estómago.
—¿Y qué hacía escondido entre las vitaminas de mi esposa?
El silencio fue absoluto.
Subió las escaleras casi corriendo.
Entró en el dormitorio.
Sofía seguía profundamente dormida.
Demasiado profundamente.
Encendió la lámpara.
Ella ni siquiera abrió los ojos.
Daniel tomó el frasco de vitaminas.
Lo abrió.
Había un olor extraño.
Sacó dos cápsulas.
Parecían normales.
Pero el polvo del interior tenía un color ligeramente diferente.
Guardó el frasco en una bolsa de plástico.
Cuando volvió al pasillo, sus padres seguían esperándolo.
—Desde mañana ustedes dos abandonarán esta casa.
Roberto soltó una carcajada.
—¿Vas a echarnos por unas imágenes?
Daniel lo miró fijamente.
—No.
Por intentar drogar a mi esposa.
La madre rompió a llorar.
—¡Todo era por su bien!
Él frunció el ceño.
—¿Por su bien?
—No dormía.
Lloraba.
Se negaba a comer.
Necesitábamos que descansara.
Daniel sintió una mezcla de rabia y horror.
—¿Así que decidieron sedarla sin que ella lo supiera?
Nadie respondió.
A las siete de la mañana llevó el frasco directamente a un laboratorio privado.
Pidió un análisis urgente.
Después condujo hasta una clínica con Sofía.
Mientras esperaban, la doctora observó atentamente las marcas en sus brazos.
—¿Desde cuándo duerme tantas horas?
Sofía bajó la mirada.
—Pensé que era por el cansancio.
La médica no respondió.
Solo ordenó una analítica completa.
Aquella tarde sonó el teléfono de Daniel.
Era el laboratorio.
La especialista habló con tono serio.
—Señor Salazar.
Dentro del frasco encontramos restos de un potente sedante veterinario mezclado con el suplemento vitamínico.
No debía ser ingerido por personas.
El uso continuado puede provocar somnolencia, pérdida de peso, desorientación y debilidad física.
Daniel cerró los ojos.
Cada síntoma coincidía con el deterioro de Sofía durante los últimos tres meses.
Regresó a casa sin decir una palabra.
Sus padres seguían allí.
También los supuestos familiares.
Daniel colocó sobre la mesa el informe del laboratorio.
—Tienen una hora para marcharse.
Roberto ni siquiera miró el documento.
—No tienes pruebas de que nosotros lo hiciéramos.
Daniel permaneció en silencio.
Después levantó el teléfono.
—Las cámaras sí.
Y el laboratorio también.
Pensó que aquello era suficiente.
Se equivocó.
Mientras los demás comenzaban a recoger sus cosas entre gritos y acusaciones, sonó el timbre.
Un hombre de traje preguntó por Roberto Salazar.
Se identificó como funcionario del Registro Público.
Traía una carpeta con varios documentos.
—Necesitamos hablar sobre una solicitud de inscripción presentada hace dos semanas relacionada con esta propiedad.
Daniel abrió la carpeta.
Su respiración se detuvo.
No solo habían preparado un poder falso para hipotecar la casa.

La escritura de transferencia ya había sido presentada oficialmente… con una huella dactilar atribuida a Sofía y una firma de Daniel que él jamás había realizado.
Y en la casilla del notario aparecía un nombre que hizo que Roberto perdiera por primera vez toda la calma.
Era el de un notario fallecido ocho meses antes.