El teléfono casi se me resbaló de las manos.
Era imposible.
Yo misma había visto el ataúd.
Había sostenido la mano fría de mi padre por última vez.
Sin embargo, aquella voz era inconfundible.
—No llores, Claire.
Sentí que el mundo dejaba de girar.
—¿Papá…?
Hubo un breve silencio.
Después respondió con absoluta calma.
—No tengo mucho tiempo. Escúchame sin interrumpirme.
Las lágrimas comenzaron a mezclarse con la lluvia.
—¿Estás vivo?
—No.
Aquella única palabra atravesó mi pecho.
—Este mensaje fue programado hace seis meses.
Respiré con dificultad.
Era una grabación.
No una llamada en tiempo real.
Mi padre continuó hablando.
—Si estás escuchando esto, significa que Gavin hizo exactamente lo que esperaba.
Mi corazón se detuvo.
¿Lo esperaba?
Abrí inmediatamente el sobre.
La primera hoja tenía una única frase escrita con su letra.
“Nunca confíes en quien llega demasiado rápido a la cima.”
Debajo aparecía una fotografía.
Gavin estrechando la mano de un hombre desconocido.
La fecha era de tres años atrás.
Mucho antes de conocerme.
La grabación siguió.
—Durante dos años investigué discretamente a Gavin.
Sentí un escalofrío.
—Encontré transferencias bancarias ocultas.
—Empresas fantasma.
—Reuniones que nunca debieron existir.
Pasé rápidamente las páginas.
Cada documento tenía sellos notariales.
Estados financieros.
Correos electrónicos.
Informes de investigadores privados.
Mi padre ya sabía todo.
—Quise despedirlo.
La voz hizo una pausa.
—Pero comprendí que alguien mucho más poderoso estaba detrás de él.
Levanté otra hoja.
Había un organigrama.
En el centro aparecía una empresa extranjera.
Blackridge Capital.
Nunca había oído ese nombre.
La grabación continuó.
—Gavin nunca quiso solamente Summit Enterprises.
—Él trabaja para personas que compran compañías destruyéndolas desde dentro.
Sentí náuseas.
Toda nuestra historia.
Nuestro matrimonio.
Las flores.
Las promesas.
Habían sido parte de un plan.
Llegué a la última página.
Había un nombre escrito a mano.
Jonathan Pierce.
Debajo, una frase.
“Nunca permitas que descubra el Proyecto Atlas.”
Fruncí el ceño.
No entendía nada.
Entonces el teléfono volvió a sonar.
Esta vez no era una grabación.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Claire?
Era una voz masculina.
Mayor.
Muy tranquila.
—¿Quién habla?
—Soy Daniel Reeves.
El nombre no significaba nada para mí.
—Trabajé treinta años con tu padre.
Mi respiración se aceleró.
—No podemos hablar por teléfono.
Miré alrededor.
La lluvia seguía cayendo.
La mansión permanecía iluminada detrás de mí.
—Ellos ya saben que abriste el sobre.
Sentí un escalofrío.
—¿Quiénes?
—Los mismos hombres que mataron a Ross.
El silencio cayó por completo.
—¿Está diciendo que mi padre no murió en un accidente?
—Nunca fue un accidente.
Sentí que las piernas dejaban de responder.
Me apoyé contra una parada de autobús.
—Necesito que escuches con mucha atención.
Su voz sonó aún más baja.
—No regreses a esa casa.
Miré la mansión.
En el segundo piso seguía encendida la oficina de Gavin.
—Ya no estoy allí.
—Lo sé.
Mi corazón volvió a detenerse.
—¿Cómo…?
—Porque llevo siguiéndote desde que saliste.
Giré rápidamente.
Al otro lado de la calle había un sedán gris.
Las luces permanecían apagadas.
Daniel continuó.
—Tu padre sabía que tarde o temprano intentarían quitarte todo.
—Por eso preparó un segundo plan.
Abrí otra carpeta dentro del sobre.
Había una pequeña llave plateada.

Con una etiqueta.
Caja de seguridad 317.
—¿Qué es esto?
—La verdadera herencia de tu padre.
—No el dinero.
—No las acciones.
—La prueba.
Fruncí el ceño.
—¿Prueba de qué?
La respuesta tardó varios segundos.
—De quién ordenó asesinarlo.
Sentí que el aire desaparecía.
En ese mismo instante vi movimiento dentro de la mansión.
Gavin apareció en el balcón.
Ya no sonreía.
Tenía un teléfono pegado al oído.
Miraba directamente hacia la calle.
Hacia mí.
Daniel habló inmediatamente.
—No te muevas.
—¿Qué ocurre?
—No mires hacia la derecha.
Instintivamente giré apenas los ojos.
Un vehículo negro acababa de doblar la esquina.
Después apareció otro.
Y otro más.
Los tres avanzaban lentamente.
Sin placas delanteras.
—Claire…
La voz de Daniel sonó completamente distinta.
—Ya encontraron tu ubicación.
Mi pulso comenzó a dispararse.
—Corre.
No pregunté nada.
Comencé a correr bajo la lluvia.
Detrás de mí escuché puertas abrirse violentamente.
Pasos.
Gritos.
Una voz que reconocería en cualquier lugar.
Era Gavin.
—¡No dejen que salga con ese sobre!