Víctor no hizo ninguna pregunta.
Nunca las hacía cuando escuchaba ese tono en mi voz.
—¿Estás con Sophia?
Miré a mi hija. Seguía cubriéndose el pecho con el collar de papel, sin comprender por qué el ambiente había cambiado de repente.
—Sí.
—No subas al salón.
—No pensaba hacerlo.
Hubo un breve silencio.
Después escuché el sonido de un teclado mecánico.
—Dame exactamente tres minutos.
La llamada terminó.
Guardé el teléfono con la misma tranquilidad con la que alguien cierra un libro cuya historia ya conoce de memoria.
Chloe volvió a sonreír.
—¿Ya terminaste?
No respondí.
Tomé la mano de Sophia.
—Vamos a sentarnos un momento, cariño.
Nos acomodamos en uno de los sofás del enorme vestíbulo. Mi hija seguía mirando los elevadores.
—Mami… ¿papá no quiere verme?
Sentí que el pecho me ardía.
Me obligué a sonreír.
—A veces los adultos toman decisiones muy malas.
Ella bajó la mirada hacia el collar.
—Pero yo lo hice para él…
Aquellas palabras dolieron mucho más que cualquier traición de Dominic.
Mientras tanto, dos pisos más arriba, la gala estaba en su punto más alto.
Más de quinientos invitados ocupaban el inmenso salón de cristal.
Las cámaras enfocaban el escenario principal.
Dominic Hale levantó su copa.
Aplausos.
Sonrisas.
Fotógrafos.
El vicepresidente ejecutivo de Hale Dynamics irradiaba seguridad.
A su lado estaba Amelia Rhodes.
Alta.
Elegante.
Vestida con un diseño color esmeralda.
Su mano descansaba naturalmente sobre el brazo de Dominic.
Como si llevara años ocupando ese lugar.
Frente a ellos corría un niño de unos seis años.
—Papá, mira.
Dominic se inclinó para acomodarle el saco mientras varios invitados sonreían enternecidos.
—Ese niño se parece muchísimo a Dominic.
—Dicen que heredó sus ojos.
—Son una familia preciosa.
Dominic no corrigió ninguno de aquellos comentarios.
Ni una sola vez.
Abajo, en el vestíbulo, el teléfono de Chloe vibró.
Lo miró apenas un segundo.
Su expresión cambió.
Frunció ligeramente el ceño.
Volvió a leer el mensaje.
Después negó con la cabeza.
—Qué raro…
Entró otro mensaje.
Y otro.
Ahora su respiración ya no era tan tranquila.
Marcó inmediatamente un número.
—¿Qué ocurre?
Escuchó durante unos segundos.
Su rostro perdió completamente el color.
—¿Cómo que suspendieron la transferencia?
Hizo una pausa.
—No… eso debe ser un error.
Otra pausa.
—¿Quién dio la orden?
Silencio.
—¿Sterling Capital?
La sangre desapareció de su rostro.
En ese mismo instante, a cientos de kilómetros de allí, una sala de juntas permanecía iluminada a pesar de la hora.
Víctor Sterling caminaba lentamente frente a una pantalla donde aparecían decenas de empresas conectadas mediante líneas financieras.
Alrededor de la mesa había abogados.
Especialistas en cumplimiento.
Auditores.
Banqueros.
Nadie hablaba.
Todos esperaban.
Víctor levantó una carpeta.
—Durante nueve años sostuvimos Hale Dynamics mediante líneas privadas de crédito.
Pasó otra página.
—Adquisiciones.
Otra.
—Garantías.
Otra más.
—Fondos de emergencia.
El director jurídico asintió.
—El noventa y cuatro por ciento de su liquidez depende directa o indirectamente de nuestro grupo.
Víctor sonrió apenas.
—Entonces ya saben qué hacer.
Uno de los ejecutivos preguntó con cautela:
—¿Todas las líneas?
—Todas.
—¿También las renovaciones previstas para el próximo trimestre?
—Especialmente esas.
Otro abogado levantó la vista.
—Eso provocará una reacción inmediata.
Víctor respondió sin cambiar el tono.
—Mi hermana acaba de llorar delante de su hija.
La reunión terminó en ese mismo instante.
En la gala, Dominic seguía recibiendo felicitaciones.
—Su empresa no deja de crecer.
—El próximo año seguramente entrarán en el Fortune 500.
—Escuché que cerrarán una financiación histórica.
Dominic sonreía con absoluta confianza.
—Estamos viviendo nuestro mejor momento.
Entonces su director financiero apareció caminando deprisa.
Demasiado deprisa.
—Necesito hablar contigo.
Dominic frunció el ceño.
—Ahora no.
—Ahora.
El tono era urgente.
Se apartaron unos metros.

—¿Qué ocurre?
El hombre tragó saliva.
—Acaban de congelar dos líneas principales de crédito.
Dominic soltó una pequeña risa.
—Eso pasa a veces.
—También cancelaron la refinanciación de Phoenix.
La sonrisa desapareció.
—¿Qué?
—Y la de Dallas.
—Imposible.
—También Nueva York.
Dominic lo miró fijamente.
—¿Quién demonios está haciendo esto?
El financiero bajó la voz.
—Todas las órdenes vienen del mismo grupo.
—¿Cuál?
El hombre respondió casi en un susurro.
—Sterling.
Abajo, Chloe caminaba de un lado a otro intentando volver a comunicarse.
No contestaban.
Volvió a llamar.
Nada.
Respiraba cada vez más rápido.
Finalmente levantó la vista hacia mí.
Por primera vez desde que llegué…
No parecía superior.
Parecía asustada.
—¿Quién eres realmente?
La observé durante unos segundos.
—La esposa de Dominic.
Ella negó lentamente.
—No…
Su voz tembló.
—Eso no explica esto.
No dije una sola palabra.
Sophia volvió a tirar de mi manga.
—¿Podemos ir con papá ahora?
Me incliné para besarle la frente.
—Todavía no, princesa.
Ella asintió con una madurez que ningún niño debería tener.
Guardó cuidadosamente el collar dentro de una pequeña bolsa de regalo.
Como si aún esperara entregárselo.
En el salón principal comenzaron a apagarse varios teléfonos al mismo tiempo.
Un inversionista abrió los ojos con sorpresa.
Otro consultó apresuradamente una noticia financiera.
Una tercera ejecutiva dejó la copa sobre la mesa.
Los rumores comenzaron a propagarse.
—¿Qué está pasando con Hale Dynamics?
—Acaban de retirar un paquete enorme de financiación.
—Dicen que varios bancos también están revisando sus posiciones.
Dominic sintió por primera vez un nudo en el estómago.
Sacó su teléfono.
Tenía doce llamadas perdidas.
Dieciocho mensajes.
Tres alertas del consejo.
Y una notificación que hizo que el corazón le golpeara el pecho.
“Reunión extraordinaria del consejo. Presencia obligatoria. Inmediata.”
Levantó la cabeza buscando a Chloe.
No estaba.
Miró alrededor del salón.
Algo dentro de él comenzó a decirle que aquella noche no estaba perdiendo solamente dinero.
Estaba perdiendo el control.
Sin saber por qué, caminó rápidamente hacia los elevadores.
Justo cuando las puertas empezaban a abrirse, sus ojos encontraron a Vivienne sentada tranquilamente en el vestíbulo junto a Sophia, mientras los invitados comenzaban a bajar uno tras otro, murmurando el mismo apellido que él jamás había relacionado con su esposa.
Sterling.