Javier soltó una carcajada llena de desprecio.
—¿Aún te resistes a entenderlo?
Su voz sonó tan fría que incluso Mateo dio un pequeño paso hacia atrás.
—Esta ya no es tu casa.
Laura permaneció inmóvil.
Miró una última vez el pasillo.
Las fotografías familiares habían desaparecido.
En su lugar colgaban cuadros modernos que nunca había visto.
El aroma del perfume de Valeria llenaba cada rincón.
Era como si alguien hubiera borrado siete años de su vida en apenas unas semanas.
—¿Me estás echando? —preguntó con un hilo de voz.
—Exactamente.
Javier señaló la puerta del edificio.
—Llévate al niño y deja de aparecer por aquí.
Mateo levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Papá… yo me porté bien.
Aquellas palabras hicieron que varios vecinos asomaran discretamente por las puertas del pasillo.
Javier ni siquiera respondió.
Valeria sonrió con superioridad.
—No queremos más dramas.
Laura respiró hondo.
Se negó a llorar delante de ellos.
Tomó la mochila de Mateo.
—Vámonos, cariño.
Cuando ambos dieron media vuelta, la voz de Javier volvió a detenerlos.
—Y no olvides devolver las llaves.
Laura sacó lentamente el llavero del bolsillo.
Durante unos segundos contempló aquella pequeña llave plateada.
Después la dejó sobre la repisa de la entrada.
—Aquí las tienes.
Javier sonrió satisfecho.
Pensaba que acababa de ganar.
Lo que ignoraba era que aquella llave abría únicamente la puerta del apartamento.
No la caja fuerte donde se encontraba toda la documentación del edificio.
Ni tampoco el despacho del notario.
Laura tomó de la mano a su hijo y abandonó el edificio sin mirar atrás.
Apenas cruzó la esquina, Mateo rompió a llorar.
—Mamá…
Ella se arrodilló frente a él.
Lo abrazó con todas sus fuerzas.
—Todo va a salir bien.
Aunque por dentro sentía que el corazón se estaba rompiendo.
Una hora después, ambos llegaron al pequeño apartamento donde Laura vivía desde la separación.
Era modesto.
Pero estaba limpio.
Y allí todavía conservaban algo que nadie podía quitarles.
La tranquilidad.
Cuando Mateo se quedó dormido abrazado a su peluche favorito, Laura abrió una vieja caja de madera que llevaba meses sin tocar.
Dentro descansaban varios documentos perfectamente ordenados.
Entre ellos había una carpeta azul con el nombre de una conocida constructora.
También había una escritura de compraventa.
Y un contrato firmado siete años atrás.
Laura pasó lentamente los dedos sobre la última página.
Allí seguía intacta la firma del antiguo propietario.
Y justo debajo, la suya.
No la de Javier.
La escritura demostraba que el apartamento nunca había pertenecido a su esposo.
Él figuraba únicamente como residente autorizado por matrimonio.

La única propietaria legal era ella.
Aquel inmueble formaba parte de un edificio completo que su abuelo le había dejado en herencia antes de fallecer.
Por petición de Javier, jamás reveló ese detalle a nadie.
Él decía que un matrimonio debía construirse sobre la confianza, no sobre el dinero.
Laura creyó en aquellas palabras.
Hasta aquella tarde.
Con manos temblorosas tomó el teléfono.
Buscó un contacto que llevaba años sin utilizar.
“Licenciado Ricardo Salas”.
El abogado respondió casi al instante.
—Señora Laura… hacía mucho tiempo que esperaba su llamada.
Ella cerró los ojos.
Respiró profundamente.
Y pronunció una única frase.
—Ha llegado el momento de recuperar todo lo que es mío.
Al otro lado de la ciudad, Javier brindaba con Valeria creyendo que había cerrado para siempre la puerta del pasado.
Sin imaginar que, cuarenta y ocho horas después, recibiría una notificación judicial que cambiaría su vida para siempre.
Si quieres, puedo escribir la PARTE 3, donde Javier descubre en pleno desalojo que nunca fue el dueño del apartamento y comprende demasiado tarde el error que cometió.