La mujer levantó lentamente la cabeza.
Entre la lluvia distinguió una silueta inmóvil sobre la colina.
La figura permanecía completamente quieta.
Como si hubiera estado observándolo todo desde el principio.
El pequeño perro comenzó a gruñir.
Su lomo se erizó de inmediato.
El niño se aferró con más fuerza al cuello de la mujer.
—Tía… tengo miedo.
Ella lo abrazó con delicadeza.
—No pasa nada.
Aunque, por dentro, el corazón le latía con una fuerza insoportable.
La tormenta seguía descargando sobre la montaña.
Cada relámpago iluminaba fugazmente el bosque.
Y, durante un segundo, la silueta desaparecía.
Para volver a aparecer unos metros más cerca en el siguiente destello.
La mujer se puso lentamente de pie.
Tomó al niño en brazos.
El perro permanecía delante de ellos, dispuesto a protegerlos.
—Tenemos que encontrar un refugio.
Miró alrededor.
El camino por el que habían llegado había desaparecido bajo el derrumbe provocado por el río.
Solo quedaba un estrecho sendero que ascendía entre los árboles.
Comenzó a caminar.
El barro dificultaba cada paso.
El niño apoyó la cabeza sobre su hombro.
—¿Encontraremos a mi mamá?
Ella sonrió con ternura.
—Te lo prometí.
Y siempre cumplo mis promesas.
Después de varios minutos, una débil luz apareció entre la lluvia.
Era una pequeña cabaña de madera.
Una tenue lámpara brillaba detrás de una ventana.
La mujer golpeó la puerta con fuerza.
Nadie respondió.
Volvió a llamar.
Entonces la puerta se abrió lentamente.
Un anciano de barba blanca apareció sosteniendo un farol.
Observó primero al niño empapado.
Después a la mujer.
Y finalmente al pequeño perro.
Su expresión cambió de inmediato.
—Entrad rápido.
El viento cerró la puerta de golpe tras ellos.
Dentro hacía calor.
El anciano acercó varias mantas junto al fuego.
Mientras el niño bebía lentamente una taza de leche caliente, el hombre dirigió una larga mirada a la mujer.
—No deberíais estar en este bosque esta noche.
Ella suspiró.
—Buscamos a la madre del niño.
El anciano guardó silencio durante unos segundos.
Después dejó el farol sobre la mesa.
—Esta tarde pasó una mujer desesperada preguntando por un niño.
Los ojos del pequeño se llenaron de esperanza.
—¡Es mi mamá!
Pero el anciano negó lentamente.
—No iba sola.
La habitación quedó completamente en silencio.
—Dos hombres armados la perseguían.
La mujer sintió que un escalofrío le recorría todo el cuerpo.
—¿Hacia dónde fueron?
El anciano señaló la montaña que podía verse desde la ventana.
—Hacia la vieja mina abandonada.
En ese mismo instante, el perro comenzó a ladrar con fuerza.
Miraba fijamente hacia la puerta.
Todos guardaron silencio.

Se escucharon pasos.
Lentos.
Pesados.
Cada vez más cerca.
Alguien acababa de detenerse justo al otro lado de la cabaña.
Y una voz grave rompió el silencio de la tormenta.
—Sé que el niño está ahí dentro.
La mujer abrazó al pequeño con todas sus fuerzas.
Comprendió que rescatarlo del puente solo había sido el comienzo.
El verdadero peligro acababa de encontrarlos.