PARTE 2: EL SOBRE NEGRO LO CAMBIÓ TODO

El sobre negro permanecía suspendido en la mano de aquella mujer como si contuviera una sentencia imposible de detener.

Nadie dijo una sola palabra.

Guming seguía arrodillado en el suelo, incapaz de apartar la mirada de su esposa.

Ella respiraba con dificultad.

Sentía que el corazón golpeaba su pecho con una fuerza insoportable.

La joven del periódico sonrió lentamente.

—Parece que ninguno de los dos tuvo el valor de contar toda la verdad.

Dejó el sobre sobre la mesa de cristal.

El golpe seco rompió el silencio de la oficina.

—Ábrelo.

La esposa de Guming no se movió.

Sus manos permanecían inmóviles a ambos lados del cuerpo.

—No pienso seguir participando en este teatro.

La desconocida soltó una breve carcajada.

—Entonces seguirás creyendo que tu marido te engañó.

Guming bajó la cabeza.

—Déjala fuera de esto.

—Ya es demasiado tarde.

La mujer abrió el sobre sin pedir permiso.

Sacó varias fotografías.

También un expediente médico.

Y un contrato firmado.

Todo quedó extendido sobre la mesa.

La esposa sintió que la sangre abandonaba su rostro.

Las primeras imágenes pertenecían al hospital público.

Ella aparecía entrando sola en la consulta de oncología semanas atrás.

Nunca le había contado a nadie aquella visita.

Ni siquiera a Guming.

Las siguientes fotografías mostraban a la misma mujer del periódico hablando con varios periodistas.

Después aparecía abrazando deliberadamente a Guming frente a las cámaras.

La escena que había destruido su matrimonio.

Pero había otra fotografía.

Tomada desde un ángulo completamente distinto.

En ella podía verse con claridad que Guming intentaba apartarla mientras ella se aferraba a él con fuerza.

No era un abrazo de amor.

Era una trampa cuidadosamente preparada.

La esposa levantó lentamente la vista.

—¿Quién hizo estas fotos?

La mujer cruzó los brazos.

—Yo misma me aseguré de que llegaran a la prensa.

Guming cerró los ojos.

—Te ofrecí dinero para que dejaras de perseguirnos.

—No querías comprar mi silencio.

Querías comprar tiempo.

La desconocida sonrió con frialdad.

—Tiempo para ocultarle que su enfermedad avanzaba.

La esposa tomó el expediente médico.

Reconoció inmediatamente su nombre.

Las páginas estaban llenas de resultados clínicos.

El diagnóstico aparecía subrayado en rojo.

Sus piernas comenzaron a temblar.

—No…

Su voz apenas pudo salir.

—Esto no puede ser verdad.

Guming dio un paso hacia ella.

—Quise buscar un tratamiento antes de asustarte.

—¡Mentiste!

Las lágrimas comenzaron a caer sin control.

—Me ocultaste algo tan importante como mi propia vida.

—Porque tenía miedo de perderte.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—Ya me perdiste el día que decidiste enfrentar todo esto tú solo.

La mujer del periódico observaba la escena con una expresión satisfecha.

Era exactamente el desenlace que había esperado.

Sin embargo, cuando estaba a punto de marcharse, una voz firme resonó desde la puerta.

—Nadie va a ninguna parte.

Los tres giraron al mismo tiempo.

Un hombre de cabello canoso acababa de entrar acompañado por dos abogados.

Era el presidente del grupo inversor más poderoso del país.

Y también el padre de la joven que había provocado aquella pesadilla.

Su mirada cayó directamente sobre su hija.

La decepción era imposible de ocultar.

—Has cruzado un límite del que no podrás regresar.

La sonrisa de la mujer desapareció por completo.

Por primera vez desde que todo había comenzado, el miedo apareció en sus ojos.

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