La oscuridad envolvía por completo el apartamento.
Sofía apenas podía respirar.
La mano que sujetaba su cuello apretaba con fuerza.
De repente, un fuerte golpe resonó en la habitación.
La presión desapareció.
Las luces de emergencia del pasillo comenzaron a parpadear.
Sofía cayó de rodillas buscando aire desesperadamente.
—¡Sofía!
La voz de Lucía sonó entre la oscuridad.
Ella corrió hacia su hermana con el brazo ensangrentado.
Mateo ya no estaba.
La puerta del apartamento permanecía abierta de par en par.
Solo el viento movía las cortinas.
Sofía levantó la vista.
—¿Dónde está?
Lucía respiraba con dificultad.
—Escapó por las escaleras.
En ese momento, el teléfono de Sofía vibró.
Era un mensaje nuevo.
“No confíes en Lucía. Ella empezó todo.”
Sofía sintió que el corazón se detenía.
Miró lentamente a su hermana.
Lucía también había leído el mensaje.
—No fui yo.
Sofía dio un paso atrás.
—¿Cómo sabía que estabas aquí antes que nadie?
Lucía comenzó a llorar.
—Porque fui yo quien recibió la primera amenaza.
Sacó un sobre blanco escondido bajo su chaqueta.
Dentro había varias fotografías.
En todas aparecía un hombre siguiendo a Sofía durante semanas.
No era Mateo.
Era un detective privado.
La última fotografía mostraba a Mateo reuniéndose con ese hombre frente a un hospital.
Sofía frunció el ceño.
—¿Por qué un hospital?
Lucía entregó otro documento.
Era un informe médico.
El nombre escrito en la primera página pertenecía a Mateo.

Sofía comenzó a leer.
Sus manos empezaron a temblar.
El diagnóstico era devastador.
Mateo padecía una enfermedad terminal.
Solo le quedaban unos pocos meses de vida.
—No…
Sus labios apenas pudieron pronunciar aquella palabra.
Lucía asintió con lágrimas en los ojos.
—Descubrió que alguien quería matarte para quedarse con la herencia.
—Entró esta noche para cambiar el vaso antes de que lo bebieras.
Sofía quedó completamente paralizada.
—Entonces…
—El mensaje enviado desde su teléfono nunca lo escribió él.
Lucía abrió la aplicación de seguridad del apartamento.
Las cámaras comenzaron a reproducirse.
En la pantalla apareció una figura con capucha entrando mientras Sofía se duchaba.
La persona tomó el teléfono de Mateo.
Envió el mensaje.
Después vertió el veneno en el vaso.
Finalmente apagó el sistema eléctrico del edificio.
Sofía observó la grabación sin pestañear.
Cuando la figura levantó ligeramente la cabeza, ambas quedaron completamente inmóviles.
Reconocían perfectamente aquel rostro.
No era un desconocido.
Era el abogado encargado del testamento de toda la familia.
En ese mismo instante, sonó el timbre del apartamento.
Tres golpes secos hicieron temblar la puerta.
Una voz tranquila habló desde el otro lado.
—Señorita Sofía…
Soy el abogado de su difunto abuelo.
He venido a entregarle oficialmente la herencia.
Las dos hermanas se miraron horrorizadas.
Acababan de verlo en la grabación… y ahora estaba esperando al otro lado de la puerta.