PARTE 2: SU ARREPENTIMIENTO LLEGÓ DEMASIADO TARDE.

El silencio volvió a apoderarse del despacho.

Los guardias acababan de sacar a Daniel del edificio.

Yo permanecía inmóvil frente al enorme ventanal.

Creía que aquella historia había terminado.

Entonces mi asistente entró apresuradamente.

—Presidenta…

Él dejó esto antes de irse.

Me entregó una pequeña caja de madera.

Era vieja.

Las esquinas estaban desgastadas por el paso del tiempo.

La abrí lentamente.

Dentro encontré un anillo de plata.

También una carta amarillenta.

Reconocí inmediatamente mi propia letra.

Era la carta de amor que le había escrito diez años atrás.

Jamás llegó a responderla.

Respiré hondo antes de abrir el sobre.

Solo había una frase.

“Nunca dejé de buscarte.”

Fruncí el ceño.

No entendía nada.

En ese momento sonó mi teléfono.

Era un número desconocido.

Contesté.

Una voz anciana habló con dificultad.

—Señorita…

Soy el padre de Daniel.

Necesito verla antes de morir.

Hay algo que debe saber.

Media hora después llegué al hospital.

El hombre apenas podía mantenerse consciente.

Al verme, comenzó a llorar.

—Perdóname…

Yo destruí vuestra vida.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Qué está diciendo?

El anciano respiró con enorme esfuerzo.

—Daniel nunca quiso abandonarte.

Fui yo quien lo obligó.

Sacó una vieja carpeta escondida bajo la almohada.

Dentro había fotografías.

Cartas.

Y un contrato.

El documento llevaba mi nombre.

También la firma del padre de Daniel.

El anciano bajó la mirada.

—Amenacé con arruinar a tu familia si seguía contigo.

Mis manos comenzaron a temblar.

Él continuó hablando.

—También falsifiqué las cartas donde parecía que tú lo habías traicionado.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas.

Durante diez años había odiado al hombre equivocado.

Daniel nunca recibió ninguno de mis mensajes.

Tampoco leyó las cartas que le envié.

Todo había sido destruido por su propio padre.

En ese instante, la puerta de la habitación se abrió lentamente.

Daniel apareció completamente inmóvil.

Había escuchado toda la confesión.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Los dos nos miramos en silencio.

Ninguno encontraba palabras.

Después de un largo instante, él habló.

—Ahora ya sabes por qué nunca pude olvidarte.

Antes de que pudiera responder, una enfermera entró corriendo.

—¡Doctor, rápido!

¡El señor acaba de sufrir un paro cardíaco!

Las alarmas comenzaron a sonar por toda la habitación.

Mientras los médicos intentaban salvarlo, el anciano reunió sus últimas fuerzas.

Levantó un sobre sellado.

Lo dejó en mis manos.

—La verdadera persona que separó vuestras vidas…

No fui solo yo.

Ella sigue viva…

Y durante todos estos años ha trabajado a tu lado como tu mayor persona de confianza.

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