Parte 2: LA ESCRITURA QUE CAMBIÓ A TODOS DE LUGAR

Sofía no fue a casa de una amiga.

Tampoco reservó un hotel.

Condujo directamente hasta una cafetería que permanecía abierta toda la noche y pidió un café negro.

Después sacó el teléfono.

Buscó un contacto que llevaba meses sin utilizar.

“Lic. Mauricio Salinas – Notario e Inmobiliaria Salinas.”

Él respondió al segundo tono.

—¿Sofía?

¿Todo bien?

Ella observó el bolso que aún conservaba el polvo del pasillo donde acababan de arrojarlo.

—Necesito que mañana, a primera hora, vengas conmigo a mi departamento.

Y trae una copia certificada de la escritura.

Hubo unos segundos de silencio.

—¿Ha pasado algo?

Sofía sonrió con amargura.

—Digamos que los inquilinos olvidaron quién es la propietaria.


A la mañana siguiente, Javier despertó de excelente humor.

Pensó que Sofía llamaría para disculparse.

Doña Teresa preparaba café mientras sonreía satisfecha.

—Ya aprenderá.

Las mujeres siempre vuelven cuando pasan la noche fuera.

Rodrigo bostezó desde el sofá.

—¿Hoy también va a comprar carne?

Los tres rieron.

A las nueve y media sonó el timbre.

Javier abrió la puerta convencido de que encontraría a Sofía.

Pero delante había cuatro personas.

Sofía.

El notario Mauricio Salinas.

Una agente inmobiliaria.

Y un cerrajero.

Javier frunció el ceño.

—¿Qué significa esto?

Sofía habló con absoluta tranquilidad.

—Vine a recuperar mi casa.

Doña Teresa apareció inmediatamente.

—¡Qué descaro!

Todavía tienes cara para volver.

La agente inmobiliaria extendió una carpeta.

—Buenos días.

Venimos a realizar una inspección previa para la comercialización del inmueble.

Rodrigo soltó una carcajada.

—¿Comercialización?

¿Quién va a vender qué?

Mauricio abrió lentamente la carpeta.

Sacó una copia certificada.

La colocó sobre la mesa del comedor.

—La propietaria registral de este departamento valuado en 13.800.000 pesos es exclusivamente la señora Sofía Herrera.

No existe copropiedad.

No existe usufructo.

No existe derecho alguno a favor del señor Javier Mendoza.

El comedor quedó completamente en silencio.

Javier tomó los documentos con manos temblorosas.

Leyó el nombre.

Después volvió a leerlo.

Solo aparecía uno.

Sofía Herrera.

—Eso…

Eso no puede ser.

Sofía lo observó serenamente.

—Claro que puede.

Porque nunca compraste este departamento.

Ni pagaste una mensualidad.

Ni un solo impuesto.

Doña Teresa dio un paso adelante.

—¡Pero está casado contigo!

El notario respondió antes que Sofía.

—El inmueble fue heredado antes del matrimonio.

Conforme a la legislación aplicable, sigue siendo un bien privativo de la señora Herrera.

La señora Teresa perdió el color.

Rodrigo intentó intervenir.

—Pero llevamos años viviendo aquí.

Mauricio asintió.

—Exactamente.

Como ocupantes autorizados por la propietaria.

Nada más.

La agente inmobiliaria comenzó a recorrer el departamento tomando fotografías.

La cocina.

La sala.

Las habitaciones.

Javier reaccionó.

—¡Nadie autorizó eso!

Sofía sacó unas llaves nuevas del bolso.

—Yo sí.

Porque esta casa sigue siendo mía.

Doña Teresa golpeó la mesa.

—¡No puedes echarnos!

Sofía la miró directamente.

—Curioso.

Ayer usted sí pensó que podía echarme a mí.

Nadie respondió.

El silencio resultó insoportable.

La agente inmobiliaria terminó de revisar el balcón.

Después sonrió.

—La ubicación es excelente.

Creo que la venderemos muy rápido.

Javier levantó la cabeza de golpe.

—¿Vender?

Sofía asintió.

—Sí.

Voy a venderla.

Y ya encontré un apartamento cerca de mi oficina.

Más pequeño.

Más tranquilo.

Y donde nadie decidirá qué debo comer.

Doña Teresa sintió que las piernas le fallaban.

—¿Y nosotros?

—Eso tendrán que resolverlo ustedes.

Rodrigo comenzó a alterarse.

—¡No tenemos dónde ir!

Sofía respiró profundamente.

—Yo tampoco la tenía anoche.

Aquellas palabras dejaron a todos sin respuesta.

En ese momento sonó el teléfono de Javier.

Contestó distraídamente.

Su expresión cambió en cuestión de segundos.

—¿Cómo que rechazaron mi crédito?

Escuchó unos instantes más.

Después colgó lentamente.

Sofía comprendió enseguida.

Durante años Javier había contado en todas partes que era propietario de aquel departamento.

Incluso lo había utilizado como supuesto respaldo patrimonial para solicitar financiación bancaria.

Ahora acababa de descubrir que los documentos reales contaban una historia muy distinta.

Mauricio guardó nuevamente la escritura.

—Señor Mendoza.

La señora Herrera les concede un plazo legal de quince días para abandonar voluntariamente el inmueble.

En caso contrario, iniciaremos el procedimiento correspondiente.

Doña Teresa rompió a llorar.

—¡Después de todo lo que hicimos por ti!

Sofía sonrió con tristeza.

—Lo único que hicieron fue convencerme de que ya no debía seguir compartiendo mi casa con personas que nunca la sintieron como mía.

Se dio media vuelta.

Cuando estaba a punto de salir, Javier corrió detrás de ella.

—¡Espera!

Podemos hablar.

Podemos arreglar esto.

Ella se detuvo apenas un instante.

Sin girarse.

—Ayer me dijiste que saliera de mi propia casa para aprender una lección.

Hizo una breve pausa.

—Hoy creo que les toca aprenderla a ustedes.

Sofía cruzó la puerta junto al notario y la agente inmobiliaria.

Mientras el ascensor descendía, recibió un mensaje de la inmobiliaria.

“Acaba de llegar una oferta en efectivo. El comprador quiere firmar esta misma semana.”

Sofía levantó la vista lentamente.

Y comprendió que, en pocos días, la familia que la había echado de su propia casa descubriría que ni siquiera tendría tiempo de buscar dónde vivir antes de que el nuevo propietario recibiera las llaves.

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