PARTE 2: EL VERDADERO TITIRITERO

El teléfono permanecía sobre la mesa.

Nadie se atrevía a tocarlo.

Los agentes mantenían a Carlos esposado mientras los abogados observaban en silencio.

Elena sostuvo el móvil junto a su oído.

—¿Quién habla?

Una voz grave respondió sin prisa.

—Felicidades.

Has derrotado al hombre equivocado.

Un escalofrío recorrió la espalda de Elena.

Carlos levantó lentamente la cabeza.

Por primera vez desde que comenzaron los arrestos, sonrió.

No era una sonrisa de victoria.

Era la sonrisa de alguien que acababa de comprender que no era el único responsable.

—¿Qué significa eso?

Preguntó Elena con firmeza.

La voz soltó una breve carcajada.

—Carlos solo administraba una pequeña parte del negocio.

El verdadero dueño nunca aparecía en los documentos.

Elena miró rápidamente las carpetas que los abogados habían llevado.

Todas las sociedades.

Todas las cuentas.

Todas las empresas.

Siempre terminaban en la firma de Carlos.

Nunca existía otro nombre.

—Estás mintiendo.

La voz respondió con absoluta calma.

—Entonces abre el compartimento oculto del escritorio.

Todos dirigieron la mirada hacia el enorme escritorio de madera.

Uno de los policías comenzó a inspeccionarlo.

Después de unos segundos encontró un pequeño mecanismo escondido bajo el tablero.

Lo presionó.

Un compartimento secreto se abrió lentamente.

Dentro había una caja metálica.

El abogado principal la abrió delante de todos.

En su interior descansaban varios pasaportes con distintas identidades.

Contratos internacionales.

Y una libreta negra.

El inspector comenzó a hojearla.

Cada página contenía nombres.

Cantidades.

Fechas.

Pagos millonarios.

Y, al final de casi todas las operaciones, aparecía la misma firma.

No era la de Carlos.

Era otra completamente distinta.

Elena sintió que el corazón se aceleraba.

—¿Quién es?

El inspector mostró la última página.

Solo había una inicial.

“A.”

La voz volvió a escucharse por el teléfono.

—Carlos llevaba años creyendo que dirigía el imperio.

En realidad, siempre fue un empleado más.

Carlos cerró los ojos.

Las manos comenzaron a temblarle.

—No…

Murmuró casi sin voz.

—Eso no puede ser.

Elena giró hacia él.

—¿Nunca supiste quién estaba por encima de ti?

Carlos negó lentamente.

—Jamás vi su rostro.

Solo recibía órdenes.

Transferencias.

Y llamadas como esa.

El silencio se volvió insoportable.

En ese instante, el sistema de videovigilancia de la mansión se encendió por sí solo.

Todas las pantallas mostraron la misma imagen.

Una figura vestida completamente de negro.

El rostro permanecía oculto tras las sombras.

La voz salía ahora desde los altavoces.

—Gracias por limpiar mis rastros.

Todos permanecieron inmóviles.

La figura levantó lentamente una copa de vino.

—Mientras ustedes celebraban el final de esta historia…

Hizo una breve pausa.

—Yo ya había vaciado todas las cuentas.

El abogado abrió apresuradamente su ordenador portátil.

Accedió a los registros bancarios.

Su rostro quedó completamente pálido.

—Es imposible…

Las empresas acababan de ser transferidas.

Las cuentas estaban vacías.

Los servidores financieros habían sido borrados minutos antes.

El inspector ordenó rastrear inmediatamente la señal de la transmisión.

Un técnico negó con la cabeza.

—Ya no hay conexión.

La pantalla se volvió completamente negra.

Solo quedó una última frase escrita en letras blancas.

“La verdadera partida apenas comienza.”

Elena comprendió que la caída de Carlos no era el desenlace que había esperado durante tantos años.

Era únicamente la primera pieza de un plan mucho más grande.

Porque el hombre al que todos habían temido nunca había sido el auténtico enemigo.

El verdadero arquitecto de aquella red seguía libre.

Y ahora sabía perfectamente que Elena había empezado a seguir su rastro.

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