El teléfono tembló entre mis dedos.
Durante un segundo dejé de escuchar las voces, los pasos de la Guardia Civil y hasta los gritos ahogados de Beltrán.
Solo vi la pantalla.
“No digas nada todavía. Te están observando. El dinero nunca fue para Beltrán.”
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Levanté la vista lentamente.
Beltrán estaba rodeado por dos agentes junto a la puerta de embarque. Su rostro había perdido todo el color. Ya no parecía el hombre arrogante que minutos antes me había abofeteado delante de decenas de pasajeros.
Parecía alguien aterrado.
Y aquello me asustó más que el golpe.
—¿Marta? —escuché la voz de una mujer a mi lado—. ¿Estás bien?
Era Clara, una de las auxiliares del grupo turístico.
Asentí sin mucha convicción.
Mi mano seguía apoyada sobre mi barriga.
Mi hijo se movió.
Aquella pequeña patada me devolvió a la realidad.
Respiré profundamente.
—Necesito sentarme.
Clara me ayudó a llegar hasta una fila de asientos.
Mientras tanto, los agentes comenzaron a separar a los pasajeros para tomar declaraciones.
El hombre con discapacidad que había provocado toda la discusión seguía allí.
Se llamaba Ernesto.
Tenía sesenta y ocho años y caminaba con dificultad debido a una lesión neurológica.
Beltrán había intentado dejarlo atrás durante una escala, alegando que estaba retrasando al grupo.
Pero yo había visto algo más.
Había visto cómo desaparecía una carpeta de documentos después de que Ernesto discutiera con él.
Y también había escuchado una conversación que jamás debí escuchar.
Por eso me negué a callarme.
Por eso acabé recibiendo aquella bofetada.
Uno de los guardias se acercó.
—¿Usted es Marta Romero?
—Sí.
—Necesitaremos que nos acompañe para tomar declaración.
Asentí.
Entonces observé nuevamente el mensaje.
No tenía nombre.
No tenía fotografía.
Solo un número desconocido.
Antes de que pudiera reaccionar, llegó un segundo mensaje.
“Ernesto no es quien crees. Pregúntale por el Hotel Bahía Azul. Hazlo delante de todos.”
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
¿Qué significaba aquello?
Guardé el teléfono.
Los agentes condujeron a varias personas hacia una sala privada del aeropuerto.
Beltrán caminaba delante.
Esposado.
Con la cabeza baja.
Sin embargo, al pasar junto a mí levantó los ojos.
Y durante una fracción de segundo vi algo extraño.
No había odio.
No había rabia.
Había miedo.
Miedo auténtico.
Como el de alguien que sabe que otro va a sacrificarlo.
Entramos en la sala.
Los agentes comenzaron a hacer preguntas.
Primero hablaron conmigo.
Después con Clara.
Luego con varios pasajeros.
Finalmente llamaron a Ernesto.
El anciano avanzó lentamente ayudándose con su bastón.
Parecía agotado.
Cuando terminó su declaración, uno de los agentes cerró la carpeta.
—Bien. Por ahora esto es todo.
Fue entonces cuando recordé el mensaje.
Miré a Ernesto.
—Señor… ¿conoce un lugar llamado Hotel Bahía Azul?

La reacción fue inmediata.
El bastón se le escapó de la mano.
Cayó al suelo con un golpe seco.
Toda la sala quedó en silencio.
Los agentes se miraron entre ellos.
Ernesto palideció.
—¿Quién le ha dicho ese nombre?
Mi respiración se aceleró.
—¿Lo conoce?
—¿Quién se lo ha dicho? —repitió.
La tensión se volvió insoportable.
Uno de los guardias intervino.
—Señor, responda a la pregunta.
Ernesto cerró los ojos.
Durante unos segundos pareció debatirse consigo mismo.
Después se dejó caer en una silla.
De repente parecía mucho más viejo.
—Porque allí empezó todo.
Nadie habló.
Nadie se movió.
El hombre se llevó una mano al rostro.
—Hace quince años trabajé para una empresa turística que utilizaba hoteles vacíos para ocultar dinero procedente de contratos falsificados.
Un murmullo recorrió la sala.
Yo sentí que el estómago se me encogía.
—¿Qué tiene que ver Beltrán con eso? —preguntó un agente.
Ernesto soltó una amarga sonrisa.
—Beltrán era solo un empleado.
Todos giraron la cabeza hacia el guía.
Beltrán cerró los puños.
—Dígales la verdad —susurró.
Ernesto continuó.
—El verdadero responsable nunca apareció en ningún documento.
Siempre utilizaba intermediarios.
Siempre dejaba que otros cargaran con la culpa.
Uno de los agentes tomó notas rápidamente.
—¿Quién era?
Ernesto levantó la mirada.
Entonces ocurrió algo inesperado.
La puerta de la sala se abrió de golpe.
Una mujer elegante entró acompañada por dos abogados.
Su presencia hizo que Beltrán se pusiera rígido.
Yo nunca la había visto.
Pero Ernesto sí.
Porque en cuanto la reconoció, el color desapareció de su rostro.
—No… —murmuró.
La mujer sonrió.
Una sonrisa fría.
Calculada.
Peligrosa.
—Buenas tardes —dijo con absoluta tranquilidad—. Veo que todos están hablando de asuntos que no les corresponden.
Uno de los agentes dio un paso adelante.
—¿Quién es usted?
La mujer sacó una tarjeta.
—Victoria Salazar.
El nombre pareció caer como una bomba.
Beltrán bajó la cabeza.
Ernesto dejó escapar un suspiro derrotado.
Y yo comprendí que acababa de entrar la persona que todos temían.
Victoria me observó directamente.
Luego miró mi barriga.
Y finalmente sonrió.
—Así que tú eres Marta.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Me conoce?
—Mucho más de lo que imaginas.
Aquellas palabras me helaron la sangre.
Entonces sacó un sobre del bolso.
Un sobre grueso.
Sellado.
Con mi nombre escrito en la parte frontal.
—Llevo años buscando el momento adecuado para entregarte esto.
Toda la sala permaneció inmóvil.
Yo apenas podía respirar.
—¿Qué es?
Victoria sostuvo el sobre unos segundos.
Después respondió con una calma aterradora.
—La prueba de que tu familia lleva quince años viviendo una mentira.
Y cuando extendió el sobre hacia mí, comprendí que la bofetada de Beltrán solo había sido el principio.