Parte 2: LA VERDAD SOBRE SU NACIMIENTO

El estruendo del impacto hizo que el teléfono resbalara de mis manos.

Por un instante dejé de respirar.

Sentí que el mundo entero se detenía mientras el eco del choque se mezclaba con la lluvia que golpeaba los ventanales de la casa.

—¡Mateo! —grité desesperada antes de salir corriendo.

Ni siquiera recordaba haber tomado las llaves.

Solo podía pensar en encontrarlo con vida.

Las calles estaban casi vacías.

Las luces de los postes se reflejaban sobre el asfalto mojado mientras seguía el sonido de las sirenas que comenzaban a acercarse.

Al doblar la esquina vi varios vehículos detenidos.

Un automóvil negro había chocado contra el muro de contención.

Era el coche de Mateo.

Las piernas comenzaron a fallarme.

Corrí hasta que un policía me bloqueó el paso.

—Señora, no puede acercarse.

—¡Ese es mi esposo!

El oficial dudó unos segundos.

Después me dejó pasar.

Mateo estaba consciente.

Tenía una herida en la frente y la camisa cubierta de sangre, pero seguía respirando.

Al verme, levantó lentamente la mirada.

Ya no había rabia.

Solo confusión.

—Perdóname… —susurró con la voz quebrada—. No debí desconfiar de ti.

Tomé su mano con fuerza.

—No hables ahora.

Pero él negó lentamente.

—Necesito saber quién soy.

Aquellas palabras me rompieron el corazón.

En ese momento apareció una camioneta oscura.

De ella descendió el padre de Mateo.

Su traje permanecía impecable pese a la lluvia.

Caminó despacio hasta quedar frente a nosotros.

No parecía preocupado por el accidente.

Parecía preocupado por otra cosa.

Mateo lo miró fijamente.

—Dime la verdad.

El anciano permaneció en silencio.

—¿Soy tu hijo o no?

Las ambulancias, los paramédicos y los curiosos desaparecieron para nosotros.

Solo existían aquellas dos preguntas.

El padre respiró profundamente.

Después cerró los ojos.

—Sí…

La respuesta hizo que Mateo suspirara aliviado durante un segundo.

Pero el anciano continuó hablando.

—Eres mi hijo… aunque no de la manera que imaginas.

Todos permanecimos inmóviles.

—¿Qué significa eso?

El hombre bajó la cabeza.

—Tu madre y yo intentamos tener hijos durante muchos años.

Los médicos nos dijeron que era imposible.

Mateo apretó los dientes.

—Entonces sí eres infértil.

—Sí.

El anciano asintió lentamente.

—Yo nunca pude tener hijos biológicos.

Sentí un escalofrío recorrerme por completo.

—Entonces…

Él levantó la mirada hacia Mateo.

—Un viejo amigo aceptó donar el material genético para que pudiéramos formar una familia.

El silencio fue absoluto.

—Tu madre quedó embarazada mediante un tratamiento de fertilidad.

Mateo retrocedió un paso.

Todo su cuerpo comenzó a temblar.

—¿Fui concebido por inseminación?

—Sí.

El anciano no apartó la mirada.

—Pero decidimos ocultarlo porque en aquella época nuestra familia jamás habría aceptado algo así.

Mateo respiraba con dificultad.

—¿Y por qué me dijiste hoy que todos los hombres de nuestra familia somos infértiles?

El rostro del anciano cambió por completo.

Por primera vez apareció el miedo.

—Porque hace unos días recibí una carta.

—¿Qué carta?

El hombre sacó un sobre completamente arrugado del bolsillo de su abrigo.

—Alguien descubrió lo ocurrido hace treinta años.

Mateo abrió el sobre con manos temblorosas.

Dentro había varias copias de documentos médicos antiguos.

También había una nota escrita a mano.

Solo una frase.

“Si Mateo descubre quién fue realmente su padre biológico, toda la familia perderá lo que ha protegido durante tres décadas.”

Mateo levantó lentamente la vista.

—¿Quién envió esto?

El anciano negó con la cabeza.

—No lo sé.

Entonces observé algo que ninguno de los dos había visto.

En la esquina inferior del documento aparecía el sello de una clínica que había cerrado hacía más de veinte años.

Y junto al sello…

Había una firma.

Una firma que yo conocía perfectamente.

Porque pertenecía al médico que todavía atendía pacientes en el hospital donde yo trabajaba todos los días.

En ese instante comprendí que aquella historia estaba lejos de terminar.

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