PARTE 2
El silencio parecía haber condenado al pequeño patito para siempre.
El ladrón sonrió con arrogancia al comprobar que nadie se atrevía a hablar.
—Ya lo ven —dijo con desprecio—. Nadie ha visto absolutamente nada.
El joven apretó los dientes mientras observaba a los vecinos bajar la mirada.
No era miedo por el patito.
Era miedo por ellos mismos.
El hombre dio media vuelta dispuesto a marcharse.
El pequeño animal seguía temblando oculto bajo la chaqueta.
De pronto, un sonido inesperado rompió la tensión.
—¡Cuac! ¡Cuac! ¡Cuac!
Todos voltearon hacia el estanque.
La madre pata había salido corriendo del agua.
Detrás de ella aparecieron todos los pequeños patitos amarillos.
La pata caminó directamente hacia el ladrón.
No mostraba miedo.
Solo una desesperación que conmovía el corazón.
Comenzó a golpear con su pico la pierna del hombre una y otra vez.
Cada ataque iba acompañado de fuertes graznidos.
Los demás patitos rodearon sus botas.
El que estaba escondido bajo la chaqueta respondió con gritos desesperados.
El sonido era inconfundible.
Todo el pueblo pudo escucharlo.
Los vecinos comenzaron a mirarse entre sí.
Ya no había dudas.
El patito estaba allí.
El ladrón perdió la calma.
Intentó alejar a la madre pata con una patada.
Pero el joven reaccionó antes.
Sujetó con fuerza el brazo del hombre.
—¡Suéltalo ahora mismo!
El ladrón trató de zafarse violentamente.
Ambos forcejearon durante varios segundos.
Entonces ocurrió lo inesperado.
El pequeño patito logró sacar la cabeza entre la abertura de la chaqueta.
Sus diminutos ojos brillaban llenos de miedo.
Un niño del pueblo levantó la voz.
—¡Ahí está! ¡El patito está vivo!
Aquellas palabras rompieron el muro de silencio.

Una anciana dio un paso adelante.
—Yo lo vi meterlo bajo la ropa.
Otro vecino levantó la mano.
—Yo también fui testigo.
Después habló otro.
Y luego otro más.
El miedo desapareció como si nunca hubiera existido.
El ladrón comprendió que había perdido.
Intentó escapar corriendo.
Pero varios vecinos bloquearon el camino.
El joven abrió con cuidado la chaqueta del hombre.
Tomó al pequeño patito entre sus manos.
La madre pata corrió inmediatamente hacia su cría.
El diminuto animal apoyó su cabeza contra las plumas de su madre.
Toda la granja quedó en absoluto silencio.
Entonces estalló un fuerte aplauso.
El pueblo entero había elegido proteger a quien no podía defenderse por sí mismo.
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