Él permaneció inmóvil mientras una extraña presión recorría lentamente su vientre.
Cada respiración se hacía más pesada.
La habitación parecía cerrarse sobre ambos.
Ella se acercó con absoluta tranquilidad.
No había miedo en su rostro.
Solo una serenidad inquietante.
—Ahora entiendes por qué nunca pedí una dote.
Él tragó saliva.
—¿Todo esto… fue planeado desde el principio?
Ella asintió sin apartar la mirada.
—Nuestra familia lleva siglos buscando al único hombre capaz de continuar nuestro linaje.
Él sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Recordó el día en que se conocieron.
La casualidad.
Las flores.
La propuesta inesperada.
Nada había sido una coincidencia.
Ella abrió lentamente un antiguo baúl de madera.
Dentro descansaban decenas de fotografías amarillentas.
Todas mostraban parejas vestidas de blanco.
En cada imagen, el hombre aparecía sosteniendo a un recién nacido.
Pero sus rostros transmitían el mismo agotamiento.
La misma tristeza.
—Ellos también fueron elegidos.
Él tomó una de las fotografías con manos temblorosas.
En el reverso había una fecha escrita hacía más de ochenta años.
Y una frase.
“El protector entrega la vida para que el linaje continúe.”
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué significa eso?
Ella bajó lentamente la cabeza.
Por primera vez parecía contener las lágrimas.

—Ninguno sobrevivió mucho tiempo después del nacimiento.
El silencio cayó sobre la habitación.
Él sintió que todo el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿También voy a morir?
Ella no respondió.
En lugar de eso, colocó una pequeña llave de plata sobre la mesa.
—Todavía existe una posibilidad.
Él levantó la vista.
—¿Cuál?
—Encontrar el diario de mi bisabuela antes de que nazca nuestro hijo.
Ella explicó que la primera mujer de su linaje había dejado escrito un método para romper la antigua maldición.
Pero el diario desapareció hacía décadas.
Nadie volvió a verlo.
De pronto, un fuerte golpe resonó en la puerta principal.
Los dos se sobresaltaron.
Otro golpe.
Mucho más fuerte.
Ella palideció.
—No puede ser…
Él observó cómo toda la seguridad desaparecía de su rostro.
—¿Quién es?
Ella respondió casi en un susurro.
—Los ancianos del clan.
—Si descubren que te conté la verdad…
Otro golpe sacudió toda la casa.
La vieja puerta comenzó a abrirse lentamente.
Y una voz grave resonó desde el pasillo.
—Hemos venido a recoger al padre del heredero.
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