La puerta del despacho se cerró con un estruendo.
El pequeño se aferró a la ropa de su madre.
Su respiración era rápida y entrecortada.
La mujer no apartaba la vista del magnate.
Sabía perfectamente de lo que era capaz.
Él tomó asiento detrás del enorme escritorio de madera.
Su expresión volvió a ser completamente fría.
—Cinco años.
—Cinco años escondiéndote de mí.
Ella respiró profundamente.
—No huí por mí.
—Huí para proteger a mi hijo.
El magnate dejó escapar una sonrisa apenas visible.
—¿Protegerlo de su propio padre?
El silencio cayó sobre la habitación.
El pequeño levantó lentamente la cabeza.
Miró una fotografía antigua colocada sobre el escritorio.
En ella aparecía el magnate junto a una mujer que sonreía abrazando a un bebé.
El niño frunció el ceño.
Se acercó despacio.
Después señaló la fotografía.

—Esa señora…
El hombre levantó la mirada.
—¿La conoces?
El pequeño asintió.
—Ella aparece todas las noches en mis sueños.
La mujer palideció de inmediato.
Sintió que la sangre abandonaba su rostro.
El magnate también perdió la calma por primera vez.
—¿Qué acabas de decir?
El niño respondió con total inocencia.
—Ella siempre me dice que no tenga miedo.
—Y que algún día encontraré a mi verdadero papá.
La habitación quedó completamente en silencio.
El magnate abrió lentamente un cajón.
Sacó un antiguo medallón de oro.
Era exactamente igual al que el niño llevaba escondido bajo la camisa.
Él se acercó despacio.
Comparó ambos colgantes.
Encajaban perfectamente formando una sola pieza.
La mujer rompió a llorar.
Ya no podía seguir ocultándolo.
—Ese medallón pertenecía a tu esposa.
El magnate cerró los ojos con fuerza.
Su esposa había muerto cinco años atrás durante un misterioso incendio.
Al menos eso era lo que todos creían.
La mujer levantó la vista.
—Ella no murió aquella noche.
—Antes de desaparecer me entregó a este niño y me obligó a prometer que jamás revelaría su verdadero origen.
El magnate sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Durante años había buscado respuestas sin encontrar ninguna.
Entonces sonó el teléfono del despacho.
Él contestó sin apartar la vista del niño.
Al otro lado solo se escuchó una frase.
—Señor… encontramos a su esposa.
Hubo una larga pausa.
—Pero alguien intenta matarla antes de que pueda hablar.
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