Mateo cayó de rodillas junto al cuerpo de Elena.
Sus manos comenzaron a temblar sin control.
—Elena… mírame, por favor.
No obtuvo respuesta.
Solo el silencio de la inmensa mansión.
Con desesperación buscó su pulso.
Era débil.
Casi imperceptible.
Marcó inmediatamente a emergencias.
Mientras esperaba la ambulancia, observó el rastro de sangre que recorría el suelo.
Seguía cada intento que ella había hecho por llegar al teléfono.
Cada mancha era una súplica que él había ignorado.
Mateo rompió a llorar.
Jamás se había sentido tan miserable.
Minutos después, los paramédicos irrumpieron en la casa.
Tras varios segundos de revisión, uno de ellos levantó la mirada.
—Aún está viva.
—Pero debemos salir ahora mismo.
La ambulancia atravesó la ciudad bajo la lluvia.
Mateo no soltó la mano de Elena ni un instante.
Al llegar al hospital, los médicos la llevaron directamente al quirófano.
Él permaneció inmóvil frente a la puerta.
Las palabras del doctor seguían resonando en su cabeza.
—Si hubiera llegado treinta minutos antes, el riesgo habría sido mucho menor.
Mateo cerró los ojos.
Comprendió que aquellos treinta minutos los había perdido comprando unos lirios.
Entonces apareció una anciana caminando lentamente por el pasillo.
Era la abuela de Elena.
Al verlo, levantó la mano y le dio una fuerte bofetada.
Nadie intentó detenerla.
—Mi nieta te amó más que a su propia vida.
La voz de la anciana se quebró.
—Y tú elegiste unas flores antes que ella.
Mateo bajó la cabeza sin decir una sola palabra.

No tenía cómo defenderse.
Horas más tarde, el cirujano salió del quirófano.
Su expresión era extremadamente seria.
—Logramos detener la hemorragia.
Mateo respiró aliviado.
Pero el médico continuó.
—Sin embargo…
—El bebé no sobrevivió.
El mundo de Mateo se derrumbó en un solo instante.
Las piernas dejaron de sostenerlo.
Cayó sentado contra la pared.
Lloró como nunca antes.
Cuando por fin pudo entrar a verla, Elena abrió lentamente los ojos.
Lo miró durante varios segundos.
No había rabia.
Ni odio.
Solo un inmenso cansancio.
Con voz apenas audible pronunció una sola frase.
—Ya no necesito que me protejas.
Mateo tomó su mano desesperadamente.
—Perdóname.
Ella retiró lentamente los dedos.
—Llegaste demasiado tarde.
En ese momento, una enfermera entregó a Elena un sobre sellado.
—Alguien lo dejó esta mañana para usted.
Elena abrió el sobre con dificultad.
Dentro había una prueba de ADN.
Y una nota escrita a mano.
“Mateo nunca fue el verdadero objetivo. La tragedia de hoy fue planeada.”
Los dos se miraron aterrados.
Al pie del documento aparecía la firma de una persona que ambos creían muerta hacía diez años.
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