Parte 2: LA SIRENA QUE HIZO CAER AL IMPERIO ALDAMA

La primera sirena se detuvo frente a la mansión exactamente cuando el reloj marcó las 2:00 de la tarde.

Después llegó una segunda.

Y una tercera.

Las conversaciones murieron de golpe.

Los invitados comenzaron a mirar por los enormes ventanales mientras varias camionetas negras entraban por la avenida principal de la residencia.

Sebastián dejó de sonreír.

—¿Qué demonios…?

Don Ramiro caminó hasta la puerta con la seguridad de un hombre acostumbrado a resolver cualquier problema con una llamada.

Pero cuando vio quién descendía de los vehículos, su rostro perdió todo el color.

Un grupo de agentes de la Fiscalía Especializada, acompañados por elementos de la Guardia Nacional y peritos financieros, avanzó directamente hacia la entrada.

El primero en hablar mostró una orden oficial.

¿Ramiro Aldama?

Mi suegro intentó mantener la compostura.

—Soy yo.

—Tenemos órdenes de cateo por delitos relacionados con operaciones con recursos de procedencia ilícita, fraude corporativo, evasión fiscal y corrupción en contratos públicos.

El silencio fue absoluto.

Mi suegra dio un paso atrás.

—Esto debe ser un error.

El agente ni siquiera la miró.

Entraron uno tras otro mientras otros oficiales aseguraban todas las salidas de la propiedad.

Los invitados comenzaron a levantarse nerviosos.

Algunos intentaban marcharse.

Otros escondían discretamente sus teléfonos.

Nadie sabía qué hacer.

Sebastián volvió la vista hacia mí.

Yo seguía en el suelo, sosteniendo mi vientre.

Una prima ya había llamado a una ambulancia y trataba de ayudarme a incorporarme.

—¿Qué hiciste? —preguntó con la voz quebrada.

Sonreí con dificultad.

—Nada.

Respiré lentamente para soportar el dolor.

—Solo dije la verdad cuando finalmente alguien decidió escucharla.

Uno de los fiscales se acercó directamente a Sebastián.

—Señor Aldama, necesitamos que entregue inmediatamente su teléfono celular y cualquier dispositivo electrónico bajo su control.

—No tienen derecho…

—La orden judicial sí nos lo concede.

El documento quedó frente a su rostro.

Vi cómo sus manos comenzaban a temblar.

Mientras tanto, dos peritos caminaban directamente hacia el despacho privado de Don Ramiro.

No preguntaron dónde estaba.

Ya lo sabían.

Teresa comenzó a gritar desesperadamente.

—¡Esto es culpa de ella!

Me señaló como si todavía pudiera controlar la situación.

—¡Esa mujer quiere destruir a nuestra familia!

El fiscal levantó lentamente la mirada.

—Señora Aldama…

Sacó una hoja de la carpeta.

—Precisamente una de las principales denunciantes aparece identificada como Mariana Robles.

Toda la sala quedó inmóvil.

Los ojos de Sebastián se clavaron en mí.

—¿Fuiste tú?

Recordé cada cena donde me ignoraban.

Cada conversación que creían que yo no escuchaba.

Cada documento que dejaban abierto sobre el escritorio mientras pensaban que la “esposa decorativa” solo servía café.

Durante catorce meses había fotografiado discretamente contratos.

Había guardado copias de transferencias.

Había registrado fechas, nombres y reuniones.

No por venganza.

Al principio solo quería protegerme.

Después comprendí que aquello era mucho más grande que nuestro matrimonio.

El fiscal continuó hablando.

—La información entregada permitió identificar una red de empresas fantasma vinculadas al Grupo Aldama.

Don Ramiro dio un paso adelante.

—No pienso responder nada sin mis abogados.

—Está en todo su derecho.

El agente hizo una breve pausa.

—Pero también queda formalmente informado de que sus cuentas bancarias han sido congeladas.

Aquellas palabras hicieron más daño que cualquier otra.

Teresa soltó un pequeño grito.

Camila dejó caer su bolso.

Y Sebastián pareció quedarse sin aire.

La ambulancia llegó finalmente.

Dos paramédicos corrieron hasta donde yo seguía sentada entre regalos rotos y cintas azules.

Uno de ellos revisó inmediatamente mi abdomen.

—¿Ha sentido movimientos del bebé?

Asentí con lágrimas en los ojos.

—Sí… hace unos minutos.

—Vamos a trasladarla inmediatamente.

Mientras preparaban la camilla, escuché otra voz detrás de mí.

—Mariana.

Era Camila.

Su seguridad había desaparecido por completo.

Tenía el rostro completamente blanco.

—Yo… yo no sabía nada de todo esto.

La miré durante unos segundos.

Después bajé lentamente la vista hacia su vientre.

—¿De verdad estás embarazada?

Ella tardó demasiado en responder.

Ese silencio fue suficiente.

Sebastián giró bruscamente hacia ella.

—Camila…

Ella comenzó a llorar.

—Yo…

No terminó la frase.

Porque todos entendimos exactamente lo que estaba ocurriendo.

La supuesta heredera que habían utilizado para humillarme ni siquiera esperaba un hijo.

Había sido otra mentira.

La más cruel de todas.

Sebastián retrocedió un paso.

Miró a Camila.

Luego a sus padres.

Después a los agentes revisando la mansión.

Y finalmente a mí.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía completamente perdido.

Los paramédicos comenzaron a mover mi camilla hacia la salida.

Antes de cruzar la puerta principal, me incorporé apenas unos centímetros.

—Sebastián.

Él levantó lentamente la cabeza.

—Todavía hay algo que no sabes.

Frunció el ceño.

Saqué de mi bolso un pequeño sobre color marfil que había permanecido oculto durante toda la fiesta.

Lo levanté frente a todos.

—Los resultados de la prueba genética que solicitaste en secreto hace tres semanas.

El sobre cayó directamente a sus pies.

No tuvo valor para abrirlo.

Pero yo sí conocía perfectamente lo que decía.

Y comprendí, al ver el terror en sus ojos, que descubrir aquella verdad iba a destruirlo mucho más que la investigación, las sirenas o el imperio que acababa de comenzar a derrumbarse.

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