La casa quedó sumida en un silencio insoportable.
Mateo no apartaba la vista del viejo sobre.
Sus manos comenzaron a temblar.
Marta respiraba con dificultad.
Por primera vez en muchos años, el miedo había reemplazado su arrogancia.
Sofía dio un paso al frente.
Las gotas de sangre seguían cayendo de su mano herida sobre el suelo de la cocina.
Con cuidado abrió el sobre amarillento.
Dentro había un testamento.
Varias escrituras.
Y una carta escrita de puño y letra por su padre pocos días antes de morir.
Mateo tomó la hoja lentamente.
Reconoció inmediatamente la firma.
No podía ser falsificada.
Comenzó a leer en voz alta.
“Si algún día mis hijos leen esta carta, quiero que sepan que dejo mi casa, mis tierras y mis ahorros repartidos por igual entre Mateo y Sofía. Nadie tiene derecho a quitarle a uno lo que pertenece a ambos.”
El silencio se volvió aún más pesado.
Mateo levantó lentamente la mirada.
—¿Qué significa esto, mamá?
Marta intentó responder.
—Tu padre estaba enfermo…
Pero Sofía la interrumpió.
—Sigue leyendo.
Mateo continuó.
“Desconfío de cualquier documento firmado después de mi fallecimiento. Jamás autoricé vender esta propiedad.”
El joven sintió un nudo en la garganta.
Durante diez años había creído que la casa se había vendido para pagar deudas.
Siempre fue la versión que su madre les contó.
Sofía abrió otra carpeta.
Sacó los registros del notario.
Los colocó sobre la mesa.
—La venta se hizo seis meses después de la muerte de papá.
Mateo revisó las firmas.
Su rostro perdió todo el color.
La firma de su padre aparecía fechada medio año después de haber sido enterrado.
Era imposible.
—Esto…
—Es una falsificación.
Marta dio varios pasos hacia atrás.
Su respiración se aceleró.
—Yo solo quería proteger a la familia…
Sofía negó con la cabeza.
—No.
Querías quedarte con todo.
Y para lograrlo me convertiste en la sirvienta de esta casa mientras hacías creer a Mateo que yo era una hija desagradecida.
Mateo recordó cada discusión.
Cada castigo.
Cada vez que defendió a su madre sin escuchar a su hermana.
La culpa comenzó a destrozarlo por dentro.
Se acercó lentamente a Sofía.
Con la voz quebrada dijo:
—Perdóname…
Ella no respondió.
Solo bajó la mirada.
Diez años de sufrimiento no desaparecían con una sola palabra.
En ese momento llamaron con fuerza a la puerta.
Tres agentes de la policía entraron acompañados por un notario.
El funcionario levantó una carpeta sellada.
—Señora Marta…

Acabamos de recibir una denuncia por fraude sucesorio y falsificación de documentos.
Pero eso no es lo más grave.
Hemos encontrado una segunda escritura firmada por su esposo antes de morir.
En ella explica por qué dejó una cláusula secreta que nunca llegó a hacerse pública.
Todos quedaron inmóviles.
El notario abrió lentamente el documento.
Y antes de comenzar a leer, miró directamente a Sofía.
—La verdadera heredera de toda la fortuna… nunca fue quien ustedes creyeron.
Lee la Parte 3.