El ruido del helicóptero hizo vibrar todo el autobús.
Los pasajeros permanecían inmóviles.
Nadie entendía qué estaba ocurriendo realmente.
La joven sostenía su placa con firmeza.
Ya no parecía una estudiante asustada.
Su voz sonó firme.
—Operativo Federal. Nadie se mueva.
El anciano soltó una sonrisa burlona.
—¿Crees que una placa cambiará algo?
Levantó lentamente la mano.
Los dos hombres enmascarados apuntaron sus armas hacia los pasajeros.
El ambiente se volvió insoportable.
El joven de la chaqueta de cuero seguía tendido en el suelo.
Parecía inconsciente.
El anciano caminó hasta colocarse frente a la agente.
—Llevamos meses preparando esta operación.
No puedes detenernos.
Ella no retrocedió.
—También llevamos meses siguiéndolos.
El anciano frunció ligeramente el ceño.
Por primera vez dudó.
En ese instante, el joven que estaba tendido abrió lentamente los ojos.
Con un movimiento rápido sacó una pequeña placa oculta bajo la chaqueta.
—¡Policía encubierto!
Antes de que los enmascarados reaccionaran, derribó al primero de un golpe.
La agente hizo lo mismo con el segundo.
Las armas cayeron al suelo.
Los pasajeros comenzaron a apartarse desesperadamente.
El anciano intentó alcanzar nuevamente el control remoto.
Pero la agente fue más rápida.
Lo inmovilizó contra una de las barras del autobús.
—Se acabó.
El hombre volvió a sonreír.
—Todavía no.
El helicóptero seguía sobrevolando el vehículo.
Por la ventana podía verse una furgoneta negra acercándose a toda velocidad.
El anciano miró fijamente a la agente.
—Ellos no vienen por mí.
Vienen por el paquete.
La joven quedó inmóvil durante un instante.
—¿Qué paquete?
El anciano señaló discretamente hacia la parte trasera del autobús.
La agente siguió la dirección de su mirada.

Una anciana que había permanecido en silencio durante todo el trayecto abrazaba con fuerza una vieja maleta de cuero.
Parecía una pasajera más.
Asustada.
Inofensiva.
Pero al sentirse observada, abrió lentamente los ojos.
Su expresión cambió por completo.
Ya no había miedo.
Solo una calma inquietante.
Tomó la maleta con ambas manos.
Y pronunció una frase que heló la sangre de todos.
—Llevan seis meses vigilando al hombre equivocado.
La verdadera operación… siempre estuvo sentada en la última fila.
Lee la Parte 3.