Todo el restaurante quedó en absoluto silencio.
El hombre dejó de sonreír al ver mi teléfono.
Intentó mantener la calma.
—¿Qué se supone que estás haciendo?
No respondí de inmediato.
Simplemente pulsé el botón de reproducción.
El video comenzó unos segundos antes del escándalo.
Se veía claramente cómo el sujeto miraba alrededor para asegurarse de que nadie lo observaba.
Después sacaba discretamente una pequeña caja de su bolsillo.
La abría debajo de la mesa.
Y dejaba caer una cucaracha dentro del caldo hirviendo.
La grabación era nítida.
No dejaba lugar a ninguna duda.
Los clientes comenzaron a murmurar.
La camarera rompió a llorar.
Esta vez no era de miedo.
Era de alivio.
El gerente llegó corriendo al escuchar el alboroto.
Observó el video sin apartar la vista de la pantalla.
Cuando terminó, miró fijamente al hombre.
—Así que todo fue una mentira.
El chantajista intentó arrebatarme el teléfono.
Pero dos clientes se levantaron antes que él.
Le bloquearon el paso.
—Ya basta.
Uno de ellos señaló las cámaras instaladas en el techo.
—Seguro que también quedó grabado desde otro ángulo.
El gerente pidió inmediatamente que revisaran las grabaciones internas.
En menos de un minuto apareció la misma escena en el monitor de seguridad.
Era exactamente igual.
La prueba era irrefutable.
El hombre comenzó a ponerse nervioso.
—Solo era una broma…
Nadie le creyó.
La camarera respiró profundamente.
Por primera vez levantó la cabeza.
El gerente se volvió hacia ella.
—No has hecho nada malo.
Luego llamó a la policía.
Mientras esperábamos, uno de los empleados revisó la pequeña caja que el sujeto había dejado caer durante el forcejeo.
Dentro había otras tres cucarachas vivas.
El restaurante entero quedó horrorizado.
No era la primera vez que lo hacía.

Era un método preparado.
Cuando llegaron los agentes, el hombre intentó escapar hacia la salida.
Pero varios clientes ya le habían cerrado el paso.
Uno de los policías revisó su mochila.
Encontró sobres con insectos, recibos de distintos restaurantes y varias hojas donde aparecían anotadas las cantidades de dinero obtenidas como “compensaciones”.
El agente levantó la vista.
—Llevamos meses buscando al responsable de una serie de estafas idénticas.
El hombre quedó completamente paralizado.
Creía que aquella sería otra extorsión sencilla.
No imaginaba que ese día terminaría desenmascarando todos sus delitos.
Sin embargo, cuando los policías revisaban su teléfono móvil, uno de ellos encontró un grupo de mensajes.
El último decía:
“Si hoy consigues cerrar este restaurante, recibirás el resto del pago.”
El agente frunció el ceño.
Aquello ya no era la actuación de un simple estafador.
Alguien había contratado al hombre para destruir deliberadamente la reputación del negocio familiar.
Lee la Parte 3.