El tic tac del reloj se clavaba en la mente de Fernando como un martillo.
Diez segundos.
Era todo el tiempo que su propio hermano estaba dispuesto a concederle para decidir el futuro de una empresa construida durante más de cuarenta años.
Fernando levantó lentamente la vista.
Por primera vez dejó de ver a un hermano.
Frente a él solo había un enemigo.
—Nunca imaginé que fueras capaz de llegar tan lejos —dijo con una calma que ocultaba la tormenta que llevaba dentro.
El menor sonrió sin el menor remordimiento.
—Los negocios nunca han sido asunto de sentimientos.
Fernando cerró el sobre negro.
Las fotografías demostraban que varios ejecutivos habían sido comprados durante meses.
Las pérdidas.
La caída de las acciones.
Las falsas filtraciones.
Todo había sido cuidadosamente preparado para provocar el pánico del mercado.
Mientras él intentaba salvar la compañía, su hermano la estaba desmantelando desde dentro.
El teléfono volvió a sonar.
Esta vez era el presidente del consejo.
Fernando respondió sin apartar la mirada de aquel hombre.
—Necesitamos una explicación inmediata. La prensa ya conoce parte del escándalo.
Fernando respiró hondo.
—Denme quince minutos. Convocaré una reunión extraordinaria.
Colgó lentamente.
Su hermano comenzó a aplaudir con ironía.
—Ya es demasiado tarde.
Fernando sonrió por primera vez en todo el día.
Una sonrisa tan tranquila que hizo desaparecer la arrogancia del rostro de su hermano.
Abrió un cajón del escritorio.
Sacó una pequeña memoria USB.
La dejó sobre la mesa.
—También yo llevo meses preparándome.
El hermano frunció el ceño.
Fernando pulsó un botón oculto bajo el escritorio.

La puerta de la oficina se abrió de inmediato.
Entraron tres auditores, dos agentes de la unidad contra delitos financieros y el abogado principal del grupo empresarial.
El silencio fue absoluto.
Fernando tomó la memoria y la entregó al agente.
—Aquí están todas las transferencias, las conversaciones grabadas y las cuentas utilizadas para desviar el dinero de la empresa.
El color desapareció del rostro del hermano.
Por primera vez comprendió que la verdadera trampa no era el sobre negro.
Era la paciencia de Fernando.
Pero cuando uno de los agentes abrió la memoria para revisar las pruebas, todos quedaron paralizados al descubrir un documento firmado por alguien cuyo nombre nadie esperaba ver.
Lee la Parte 3 para descubrir quién movía realmente los hilos del imperio familiar.