El motor del taxi rugía mientras Victoria miraba una y otra vez por la ventana.
Cada semáforo en rojo parecía una condena.
Cada segundo acercaba a Su Wang.
Apretó con fuerza la pequeña mochila que llevaba sobre las piernas.
Dentro no había joyas ni dinero.
Solo una carpeta vieja y una fotografía desgastada que había protegido durante diez años.
El conductor frenó de golpe.
La entrada del aeropuerto estaba completamente bloqueada.
Varias camionetas negras ocupaban todos los accesos.
Hombres vestidos de traje observaban a cada persona que entraba y salía del edificio.
Victoria sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—Déjeme aquí —susurró mientras entregaba unos billetes.
Bajó del vehículo y desapareció entre la multitud.
Al otro lado de la ciudad, Su Wang entró en la mansión familiar sin dirigir una sola mirada a los adornos ni a los sirvientes que inclinaban la cabeza.
La anciana sonrió con aparente tranquilidad.
—Has vuelto por fin.
Él no respondió.
Su mirada recorrió lentamente el salón.
—¿Dónde está Victoria?
Nadie contestó.
El silencio resultó más peligroso que cualquier confesión.
La anciana intentó mantener la compostura.
—Esa muchacha nos avergonzó hace años. Se marchó por voluntad propia.

Su Wang dio un paso al frente.
Sacó un sobre del bolsillo interior de su abrigo y lo dejó caer sobre la mesa.
Decenas de fotografías quedaron esparcidas frente a todos.
Eran informes médicos.
Registros bancarios.
Contratos falsificados.
Y grabaciones certificadas.
Las manos de la anciana comenzaron a temblar.
—Durante diez años investigué cada detalle de aquella noche —dijo él con una frialdad absoluta—. Nadie expulsó a Victoria. Ustedes la obligaron a desaparecer.
El salón entero quedó paralizado.
Los familiares comenzaron a intercambiar miradas de pánico.
Uno de los tíos retrocedió discretamente hacia la puerta.
Su Wang lo señaló sin apartar la vista.
—Nadie sale.
En ese mismo instante, el teléfono de Su Wang vibró.
Su asistente hablaba con evidente desesperación.
—Señor… encontramos a la señorita Victoria.
Por primera vez en muchos años, el rostro de Su Wang mostró alivio.
Pero aquella emoción desapareció un segundo después.
—¿Qué ocurrió?
La respuesta al otro lado del teléfono hizo que la sangre se le helara.
Victoria acababa de subir a un avión.
Y no viajaba sola.
Junto a ella iba una niña de nueve años cuyo certificado de nacimiento tenía escrito un apellido que hizo temblar por completo al heredero.
Lee la Parte 3 para descubrir quién era realmente la niña y por qué Victoria huyó durante diez años.