PARTE 2: LA CARTA OLVIDADA.

El silencio se apoderó del gran salón.

Nadie comprendía por qué el hombre más poderoso de la corporación se había inclinado ante una simple limpiadora.

El gerente permanecía inmóvil.

El sudor resbalaba por su frente mientras observaba el sobre que Lucía acababa de entregar.

El anciano lo abrió con cuidado.

Dentro había una carta escrita a mano y una vieja fotografía ligeramente amarillenta.

Sus manos comenzaron a temblar.

Los invitados intercambiaron miradas de desconcierto.

—¿Qué sucede, señor presidente? —preguntó uno de los directivos.

El magnate respiró profundamente.

Durante varios segundos fue incapaz de pronunciar una sola palabra.

Luego levantó lentamente la fotografía.

En ella aparecía un joven junto a una niña de apenas seis años.

La niña era Lucía.

El joven era su único hijo.

El mismo que había desaparecido veinte años atrás.

Los ojos del anciano se humedecieron.

—Pensé que jamás volvería a verla.

Lucía sintió un nudo en la garganta.

—Antes de morir, mi padre me pidió que le entregara esta carta cuando estuviera preparada para conocer la verdad.

El anciano abrió el sobre.

Leyó las primeras líneas en silencio.

Su expresión cambió por completo.

La culpa sustituyó al alivio.

Cerró los ojos unos segundos.

—Todo este tiempo… estuve buscando al culpable equivocado.

El salón permanecía completamente inmóvil.

El gerente intentó acercarse.

—Señor, quizá sea mejor hablar esto en privado.

El anciano lo miró con una frialdad que hizo retroceder a todos.

—No.

—La verdad será conocida por todos.

Tomó la carta y comenzó a leer en voz alta.

Cada frase revelaba cómo su propio hijo había renunciado voluntariamente a la fortuna familiar para proteger a Lucía y a su madre de una conspiración dentro de la empresa.

Los invitados quedaron completamente sorprendidos.

Los miembros del consejo empezaron a mirarse con evidente nerviosismo.

Algunos incluso evitaron cruzar la mirada con el presidente.

Fue entonces cuando el anciano levantó la vista.

—Mi hijo escribió un nombre antes de morir.

Todos contuvieron el aliento.

El gerente comenzó a retroceder lentamente hacia la salida.

Pero los guardias ya habían cerrado las puertas.

El presidente pronunció finalmente aquel nombre.

No era el gerente.

Era el vicepresidente de la corporación.

El hombre que durante veinte años había permanecido sentado a su lado fingiendo absoluta lealtad.

En ese mismo instante, todas las luces del salón se apagaron.

Cuando el sistema de emergencia volvió a encenderse unos segundos después, la carta había desaparecido.

Y también el vicepresidente.

Lee la Parte 3 para descubrir qué ocultaba realmente la carta y por qué alguien estaba dispuesto a matar para impedir que saliera a la luz.

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