PARTE 2: EL SECRETO QUE LA MADRE LLEVABA OCULTO DESDE EL NACIMIENTO.

Los rotores de los helicópteros sacudían el cielo sobre los acantilados de la costa mientras los diez niños seguían jugando entre las corrientes de aire como si el mundo entero no estuviera persiguiéndolos.

Desde la cima de la colina, Su Elena levantó lentamente la cabeza.

Había esperado aquel momento durante diez largos años.

Solo rezaba para que no llegara tan pronto.

La pequeña Lucía, la única niña del grupo, descendió flotando suavemente hasta colocarse junto a su madre.

—Mamá… esos hombres vienen por nosotros.

Los nueve hermanos aterrizaron uno tras otro alrededor de ellas, formando un círculo protector de manera completamente instintiva.

El mayor, Adrián, apenas tenía diez años, pero su expresión era sorprendentemente madura.

—No dejaremos que se acerquen.

Su Elena acarició el rostro de su hijo.

—Escuchadme todos con mucha atención.

Los diez niños guardaron silencio inmediatamente.

Ella respiró profundamente antes de pronunciar las palabras que llevaba una década ocultando.

—Ha llegado el día de contaros quiénes sois realmente.

Los pequeños intercambiaron miradas confundidas.

Hasta ese momento solo sabían que debían esconder siempre sus extraordinarias habilidades delante de cualquier desconocido.

Nunca preguntaban por qué.

Confiaban plenamente en su madre.

Los helicópteros ya podían distinguirse con absoluta claridad.

El viento agitaba violentamente el cabello de todos.

Mientras tanto, en el aparato principal, el patriarca Lorenzo Lu observaba las imágenes transmitidas por un dron.

Su anciano rostro reflejaba una mezcla de emoción y culpa.

—Son exactamente iguales que él…

Murmuró con la voz quebrada.

El asistente permanecía inmóvil.

Nunca había visto al hombre más poderoso del país tan afectado.

—Señor… ¿realmente son los descendientes del joven heredero?

Lorenzo cerró lentamente los ojos.

—No tengo ninguna duda.

Abrió una antigua fotografía cuidadosamente guardada dentro de su cartera.

En ella aparecía su único hijo, Alejandro Lu, sonriendo junto a una joven embarazada.

Aquella mujer era exactamente la misma que ahora protegía a los diez niños.

El anciano apretó la fotografía entre sus manos.

—Pensé que ambos habían muerto hace diez años…

Su voz apenas era un susurro.

El asistente bajó la cabeza.

Las investigaciones realizadas durante los últimos meses habían revelado algo aterrador.

El accidente en el que supuestamente falleció Alejandro jamás había sido un accidente.

Había sido un atentado cuidadosamente organizado.

Y alguien dentro de la propia familia Lu había participado en aquella conspiración.

Antes de que pudiera seguir hablando, uno de los operadores gritó desde la cabina.

—¡Señor! ¡Los niños están descendiendo hacia la montaña!

Los helicópteros comenzaron a reducir altura.

Sin embargo, en cuanto estuvieron a menos de cien metros del suelo, ocurrió algo completamente inesperado.

Los diez niños levantaron simultáneamente las manos hacia el cielo.

Una intensa corriente de aire rodeó toda la montaña.

Las nubes comenzaron a girar formando un gigantesco remolino plateado.

Las agujas de todos los instrumentos de vuelo empezaron a moverse sin control.

—¡Estamos perdiendo estabilidad!

—¡Los sistemas no responden!

Los pilotos luchaban desesperadamente por mantener el control.

Lorenzo abrió los ojos con incredulidad.

Aquello superaba cualquier informe que hubiera leído.

Los niños no solo podían volar.

Parecían controlar el propio viento.

En la cima de la colina, Su Elena comprendió inmediatamente lo que estaba sucediendo.

—¡Deteneos ahora mismo!

Los diez pequeños la miraron sorprendidos.

Lucía fue la primera en bajar lentamente los brazos.

Después lo hicieron los demás.

El gigantesco remolino desapareció tan rápido como había aparecido.

Los helicópteros recuperaron el equilibrio apenas unos segundos antes de estrellarse.

Cuando el aparato principal logró aterrizar, Lorenzo Lu descendió sin escoltas.

Caminó lentamente hacia Su Elena.

Los guardaespaldas intentaron seguirlo.

Él levantó una mano.

—Nadie dará un paso más.

El anciano quedó frente a la mujer.

Durante varios segundos ninguno de los dos habló.

Finalmente, Lorenzo inclinó lentamente la cabeza.

Un gesto que dejó completamente paralizados a todos los presentes.

—He venido a pedirte perdón.

Su Elena permaneció completamente inmóvil.

—Llega diez años demasiado tarde.

El anciano asintió con tristeza.

—Lo sé.

Sacó entonces un sobre sellado con el antiguo emblema de la familia Lu.

Sus manos temblaban.

—Pero antes de que decidas rechazarnos para siempre… debes conocer la verdad sobre la muerte de Alejandro.

El rostro de Su Elena perdió todo el color.

Ella había visto morir al hombre que amaba con sus propios ojos.

¿Cómo podía existir todavía una verdad oculta?

Lorenzo rompió lentamente el sello del sobre.

Dentro solo había una fotografía.

Cuando Su Elena la vio, sintió que el mundo entero se detenía.

La imagen mostraba a Alejandro… tomada apenas tres meses antes.

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