La patrulla llegó a las siete de la mañana.
Ana Lucía apenas había conseguido que Inés bajara un poco la fiebre cuando tres agentes tocaron la puerta del departamento temporal donde Alejandro las había instalado aquella noche.
—¿Señora Ana Lucía Garza?
Ella sintió que el corazón se detenía.
—Sí.
—Existe una denuncia en su contra por administración fraudulenta y robo de cincuenta y ocho millones de pesos pertenecientes a la Fundación Garza.
Camila abrazó inmediatamente a sus hermanas.
Renata comenzó a llorar.
Inés, todavía envuelta en la chaqueta negra de Alejandro, apenas comprendía lo que ocurría.
Antes de que Ana Lucía respondiera, Alejandro apareció desde el despacho con una carpeta bajo el brazo.
—Buenos días, oficiales.
Su voz era tranquila.
—Ya esperaba esta visita.
El comandante frunció el ceño.
—¿Usted es?
—Alejandro Santillán. Represento legalmente a la señora Ana Lucía desde hace ocho horas.
Los agentes intercambiaron miradas.
Alejandro colocó la carpeta sobre la mesa.
—Aquí tienen las cámaras de seguridad de mi vehículo, las grabaciones completas del evento de anoche y el registro de ingreso de la señora Ana Lucía. En ningún momento tuvo acceso a las oficinas financieras de la fundación.
El comandante hojeó los documentos.
—Aun así debemos citarla.
—Por supuesto.
Alejandro sonrió ligeramente.
—Pero antes deberían revisar quién autorizó realmente las transferencias denunciadas.
El oficial levantó la vista.
—¿A qué se refiere?
Alejandro abrió otra carpeta.
—Mi equipo revisó durante la madrugada la información pública de la fundación. Hay algo bastante curioso.
Sacó varias hojas.
—Los cincuenta y ocho millones desaparecieron de manera gradual durante tres años.
Ana Lucía abrió los ojos.
—¿Tres años?
—Sí.
Alejandro pasó la primera página.
—Y durante esos tres años, tú ni siquiera figurabas como administradora de una sola cuenta bancaria.
Los policías comenzaron a leer.
Cada transferencia llevaba exactamente la misma autorización.
Beatriz Garza.
La habitación quedó en silencio.
El comandante guardó lentamente los papeles.
—Esto cambia muchas cosas.
Pero antes de que pudiera continuar, el teléfono de Alejandro sonó.
Escuchó durante unos segundos.
Después colgó.
—La demanda por la custodia también fue presentada.
Ana Lucía sintió que las piernas le fallaban.
—¿Qué posibilidades tiene?
Alejandro respondió sin rodeos.
—Si Doña Rebeca logra convencer al juez de que eres una delincuente, muchas.
Camila escuchó aquellas palabras.
Se acercó lentamente.
—¿Nos van a separar de mi mamá?
Ana Lucía cayó de rodillas para abrazar a sus tres hijas.
—Nunca.
Alejandro observó la escena durante unos segundos.
Luego tomó otra carpeta.
—Hay algo que todavía no sabes.
Se la entregó.
En la portada podía leerse:
Sucesión testamentaria de Daniel Garza.
Ana Lucía sintió un nudo en la garganta.
—Mi suegra dijo que Daniel murió lleno de deudas.
—Mintió.
Alejandro abrió el expediente.
—Hace dos meses compré una empresa que pertenecía al mismo despacho jurídico que administraba el patrimonio de tu esposo.
Sacó una hoja sellada por notario.
—Encontramos esto durante la auditoría.
Ana Lucía leyó lentamente.
Las manos comenzaron a temblarle.
Era el testamento de Daniel.
Su esposo nunca la había dejado sin protección.
Al contrario.
Le había heredado la casa donde vivían.
También un fondo de inversión.
Un seguro millonario.
Y el treinta por ciento de las acciones familiares que le correspondían como hijo mayor.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
—Esto… esto no puede ser.
Alejandro asintió.
—El testamento fue firmado seis meses antes del accidente.
—Entonces…
—Entonces alguien ocultó deliberadamente su existencia.
Los policías dejaron de escribir.
El comandante levantó la cabeza.
—¿Quién recibió primero ese documento?
Alejandro señaló una hoja.
—Fue entregado oficialmente a la señora Beatriz Garza cuarenta y ocho horas después del fallecimiento.
Ana Lucía dejó escapar un sollozo.
Durante tres años había limpiado pisos.
Había servido comida.
Había permitido que sus hijas durmieran junto a las lavadoras.
Todo porque creyó que no tenían nada.
Todo porque confió en la palabra de su suegra.

El comandante cerró lentamente la carpeta.
—Necesitaremos una copia certificada.
—Ya está preparada.
Alejandro se la entregó.
En ese instante sonó el timbre nuevamente.
Esta vez era un actuario judicial.
Traía en la mano la notificación de la audiencia urgente por la custodia.
—La vista comienza hoy a las tres de la tarde.
Ana Lucía respiró profundamente.
Miró a sus hijas.
Después miró el testamento.
—Vamos.
Horas más tarde, la sala del juzgado familiar estaba completamente llena.
Doña Rebeca entró vestida de negro, acompañada por tres abogados.
Al ver a Ana Lucía sonrió con absoluta seguridad.
—Pobrecita. Pensó que un millonario iba a salvarla.
Luego vio a Alejandro.
Él no venía solo.
Detrás de él caminaban el notario que había protocolizado el testamento, el antiguo contador de Grupo Garza y dos auditores forenses.
La sonrisa de Beatriz desapareció.
Su abogado comenzó a revisar nerviosamente los documentos.
—¿Qué significa esto?
Alejandro colocó una carpeta sobre la mesa del juez.
—Significa que la señora Beatriz Garza ocultó un testamento durante tres años, despojó ilegalmente a una viuda y administró un patrimonio que nunca le perteneció.
El salón entero quedó inmóvil.
Beatriz golpeó la mesa.
—¡Eso es falso!
Alejandro no respondió.
Simplemente entregó una memoria USB.
—Además, señor juez, solicito autorización para reproducir una grabación realizada hace cuatro años.
El juez asintió.
La pantalla de la sala se encendió.
Apareció Daniel.
Estaba sentado en el despacho de un notario.
Sonreía a la cámara.
—Si están viendo este video, significa que ya no estoy.
Ana Lucía rompió a llorar.
Daniel continuó hablando.
—Mamá… si alguna vez intentas quitarle algo a Ana Lucía o a mis hijas, quiero que todos sepan una cosa.
La sala quedó completamente en silencio.
Incluso Beatriz dejó de respirar.
Daniel levantó lentamente un sobre sellado.
—Porque aquí guardé pruebas de algo que descubrí seis meses antes de mi accidente.
Miró directamente a la cámara.
Y pronunció una frase que hizo que el rostro de Doña Rebeca perdiera todo el color.
—Mi padre no murió por un infarto… y mi propia madre sabe exactamente quién lo asesinó.