Mateo permanecía de pie frente a la puerta de la cocina.
Su sonrisa era inquietantemente tranquila.
Sofía ocultó el frasco dentro del bolsillo de su delantal.
Intentó que sus manos dejaran de temblar.
—La comida ya está lista.
Mateo observó detenidamente la olla sobre la estufa.
Después colocó dos platos sobre la mesa.
—Sírvete primero.
Aquellas palabras hicieron que el corazón de Sofía se acelerara.
Si el veneno estaba realmente en la comida, él jamás le pediría que probara el primer bocado.
A menos que…
Ella respiró profundamente.
Tomó una cuchara del caldo.
La llevó lentamente hasta sus labios.
Pero justo antes de beber, Mateo extendió la mano.
—Espera.
Le quitó la cuchara.
La dejó nuevamente sobre la mesa.
—Está demasiado caliente.
Déjala enfriar un poco.
Sofía comprendió inmediatamente que él no quería que probara aquella sopa.
Cada una de sus sospechas comenzaba a tener sentido.
Mientras Mateo salía unos segundos para contestar una llamada, ella sacó discretamente el frasco oscuro.
Abrió la tapa con mucho cuidado.
Dentro no había ningún medicamento.
Tampoco una vitamina.
Era un polvo blanco muy fino.
Sin olor.
Sin ninguna etiqueta.
Tomó una pequeña muestra utilizando una servilleta.
La guardó rápidamente dentro de una bolsa hermética.
En ese instante recordó algo.
Elena, la socia desaparecida, era bioquímica.
Semanas antes de desaparecer le había enviado un mensaje.
“Si algún día encuentras un frasco oscuro en la cocina… no comas nada y busca las pruebas.”
Nunca entendió el significado de aquellas palabras.
Hasta ese momento.
Mateo regresó.
Se sentó frente a ella.
Empujó lentamente uno de los platos hacia Sofía.
—Come.
Ella levantó la cuchara una vez más.
Pero, antes de probar el caldo, sonó el timbre de la puerta.
Mateo frunció el ceño.
No esperaba visitas.
Un repartidor entregó un pequeño sobre certificado.
Venía dirigido exclusivamente a Sofía.
Dentro solo había una llave.
Una dirección.
Y una nota escrita con la letra inconfundible de Elena.
“Si estás leyendo esto, significa que sigo desaparecida… pero todavía no estoy muerta. Todo lo que necesitas para demostrar quién es realmente Mateo está guardado en el almacén número 27. No confíes en nadie. Él sabe que encontraste el frasco.”
Sofía levantó lentamente la vista.

Mateo la observaba fijamente desde el otro extremo de la mesa.
Sonreía.
Como si ya conociera exactamente el contenido de aquella carta.
Lee la Parte 3.