La anciana sujetó con fuerza el brazo de su hija antes de que diera un solo paso.
—No puedes ir allí.
Su voz estaba quebrada por el miedo.
Todos conocían el club clandestino.
Nadie salía de ese lugar igual que había entrado.
La joven respiró hondo y escondió el último fajo de billetes dentro de su chaqueta.
—Si no lo intento, Nianciang morirá.
No esperó una respuesta.
Atravesó las calles inundadas hasta llegar a un viejo almacén abandonado.
Dos hombres armados custodiaban la entrada.
Uno de ellos la miró de arriba abajo.
—¿Vienes a apostar o a perder la vida?
Ella sostuvo su mirada.
—Las dos cosas, si es necesario.
Los guardias intercambiaron una sonrisa burlona antes de abrir la pesada puerta metálica.
Dentro, decenas de personas rodeaban una mesa iluminada por una única lámpara.
El aire olía a humo, alcohol y desesperación.
En el centro, un hombre de cabello completamente blanco repartía las cartas.
Era conocido como el Rey Chen.

Nadie se atrevía a desafiarlo.
La joven dejó sobre la mesa todo el dinero que le quedaba.
—Quiero entrar.
Las risas estallaron alrededor.
—Con esa miseria apenas compras una silla.
El Rey Chen levantó lentamente la vista.
Sus ojos se detuvieron sobre el viejo colgante que la joven llevaba al cuello.
Su expresión cambió por completo.
—¿De dónde sacaste ese colgante?
Ella lo sujetó por instinto.
—Era de mi padre.
El anciano permaneció varios segundos en silencio.
Después hizo un gesto con la mano.
—Que nadie la toque.
Toda la sala quedó desconcertada.
Incluso los guardias retrocedieron.
La joven no entendía qué estaba ocurriendo.
El Rey Chen se levantó lentamente de su asiento.
—Hace más de veinte años le prometí a un hombre que, si algún día veía ese colgante, saldaría una deuda de honor.
La anciana, que acababa de entrar buscando a su hija, se quedó inmóvil al escuchar aquellas palabras.
—¿Conoció a mi esposo?
El anciano asintió con gravedad.
—No solo lo conocí.
—Le debo la vida.
Antes de que pudiera decir una palabra más, las puertas del almacén se abrieron de golpe.
El cobrador de la mafia apareció acompañado por varios hombres armados.
Sonrió con absoluta crueldad.
—Perfecto.
—Ahora recuperaré el dinero… y también a las dos mujeres.
El Rey Chen dio un paso al frente.
Su siguiente decisión estaba a punto de desencadenar una guerra que nadie en aquella ciudad podría detener.
Lee la Parte 3 abajo.
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