PARTE 2: EL VIDEO DE SOFÍA

El silencio duró apenas unos segundos.

Pero para mí fue una eternidad.

La jueza Ana Beltrán cerró lentamente el expediente y miró a Sofía con una expresión mucho más amable que la que había usado con cualquiera de los adultos.

—Sofía, cariño, ¿quieres decir algo?

Mi hija abrazó con fuerza su conejito.

Miró primero a Rodrigo.

Después a mí.

Finalmente levantó la mano, como hacía en la escuela.

—¿Puedo enseñar un video?

Toda la sala quedó inmóvil.

El abogado de Rodrigo frunció el ceño.

—Su señoría, desconocemos a qué se refiere la menor…

La jueza levantó una mano para hacerlo callar.

—¿Qué video, Sofía?

La niña metió la mano en el bolsillo delantero de su mochila rosa.

Sacó una pequeña tableta infantil, cubierta con pegatinas de estrellas.

—Mamá no sabe que lo grabé.

Sentí un vuelco en el pecho.

No tenía idea de qué estaba hablando.

Rodrigo dejó de sonreír.

Su mandíbula comenzó a tensarse.

—Sofía —dijo con una voz extrañamente rápida—, eso no es necesario.

La jueza lo interrumpió.

—Señor Sánchez, una palabra más y lo consideraré una interferencia.

Rodrigo volvió a guardar silencio.

Pero ya era tarde.

El miedo había aparecido claramente en su rostro.

La trabajadora del DIF tomó la tableta y la conectó a la pantalla del juzgado.

El archivo tenía una fecha.

Hace tres semanas.

La imagen comenzó a reproducirse.

Era la habitación de Sofía.

La cámara estaba apoyada entre varios juguetes.

Al principio solo se veía la cama.

Después entró Rodrigo.

Se sentó junto a la niña.

No sabía que estaba siendo grabado.

Su voz sonaba perfectamente clara.

—Escúchame bien, princesa.

Sofía apareció sentada frente a él.

—¿Sí, papi?

—Cuando la jueza te pregunte, vas a decir que tienes miedo de vivir con mamá.

Mi corazón dejó de latir.

En la pantalla, Sofía inclinó la cabeza.

—Pero… yo no tengo miedo.

Rodrigo sonrió.

No era una sonrisa cariñosa.

Era paciente.

Calculada.

—Lo sé.

Hizo una pausa.

—Pero si no lo dices, mamá se va a quedar con la casa.

—¿Y eso es malo?

—Muy malo.

Volvió a acercarse.

—Si papá pierde la casa, ya no podremos comprarte la bicicleta que quieres.

Sofía guardó silencio.

Rodrigo continuó.

—Además, Valeria dice que tu mamá llora mucho y las personas que lloran tanto no pueden cuidar niños.

Sentí que las lágrimas me quemaban los ojos.

Nunca le había hablado mal de su padre.

Nunca.

En cambio, él llevaba semanas utilizando a nuestra hija para construir una mentira.

El video siguió.

—¿Lo puedes repetir?

La pequeña obedeció.

Con voz insegura.

—Tengo miedo de vivir con mi mamá…

—Otra vez.

—Tengo miedo de vivir con mi mamá.

—Más convencida.

La tercera vez, Sofía comenzó a llorar.

—Pero eso no es verdad.

Rodrigo perdió por un instante la paciencia.

—¡Solo memorízalo!

La grabación terminó exactamente ahí.

Nadie habló.

Nadie respiró.

El abogado de Rodrigo permanecía completamente inmóvil.

Valeria había bajado lentamente la mano donde llevaba la pulsera de diamantes.

Incluso Regina dejó caer el pañuelo sobre su regazo.

La jueza apagó la pantalla con absoluta calma.

Después levantó la vista.

—Señor Sánchez…

Su voz era mucho más fría que al inicio de la audiencia.

—¿Desea explicar por qué estaba instruyendo a una menor para emitir un testimonio falso ante este tribunal?

Rodrigo abrió la boca.

Pero ningún sonido salió de ella.

Por primera vez desde que lo conocía…

No tenía una respuesta preparada.

Entonces ocurrió algo todavía más inesperado.

Sofía volvió a levantar la mano.

—¿Puedo enseñar el otro?

Toda la sala giró hacia ella.

Yo la miré confundida.

—¿Qué otro, mi amor?

La niña bajó la vista.

—El que grabé cuando la abuela Regina dijo que, si papá se quedaba con la casa y con el dinero, ya no necesitarían fingir que querían a mi mamá.

La expresión de Regina se descompuso por completo.

Y comprendí que el primer video no era el golpe más fuerte.

Era apenas el comienzo.

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