Mariana no enfrentó a Óscar aquella noche.
Doblando cuidadosamente el recibo, lo guardó dentro de una carpeta transparente junto con los comprobantes del supermercado, las transferencias mensuales y una copia del presupuesto de mil quinientos pesos que él había escrito de su propio puño y letra.
Después continuó preparando la cena.
Arroz.
Frijoles.
Tortillas calientes.
Óscar llegó a las nueve, dejó las llaves sobre la mesa y olfateó el aire con evidente decepción.
—¿Otra vez lo mismo?
—Sí.
—Te dije que quería carne todas las noches.
—Y yo te expliqué que el dinero no alcanza.
Óscar abrió el refrigerador, encontró el recipiente de comida para Canela y lo levantó con desprecio.
—Hasta la gata come mejor que yo.
Mariana le quitó el recipiente de las manos.
—El alimento de Canela lo pago con mi sueldo.
—Todo lo que entra en esta casa es de los dos.
—Excepto tus setenta y cuatro mil pesos, aparentemente.
Él se quedó inmóvil.
Fue apenas un segundo.
Después sonrió.
—No sé de qué hablas.
—Entonces no tienes de qué preocuparte.
Mariana volvió a colocar el alimento en el refrigerador.
Óscar la observó durante varios segundos, intentando calcular cuánto sabía.
—¿Revisaste mis cosas?
—Encontré un recibo mientras limpiaba.
—Eso es invasión de privacidad.
—Estaba dentro del saco que dejaste sobre la cama.
—No tenías derecho a leerlo.
Mariana lo miró con calma.
—Tú no tenías derecho a decirme que alimentara una casa con mil quinientos pesos mientras gastabas setenta y cuatro mil en un automóvil.
Óscar golpeó la puerta del refrigerador.
—Ese dinero no salió de nuestra cuenta.
—Lo sé.
—Entonces no te importa.
—También sé quién pagó el anticipo.
Su expresión cambió.
—Mi mamá puede hacer con su dinero lo que quiera.
—Claro.
Mariana se sentó.
—Por eso el jueves le preguntaremos de dónde lo sacó.
Él dio un paso hacia ella.
—No vas a decirle nada.
—¿Por qué?
—Porque es un asunto entre ella y yo.
—En el momento en que me obligaste a reducir la comida para cubrir tus gastos, se convirtió en asunto mío.
Óscar soltó una risa breve.
—Siempre dramatizas todo.
Cogió su plato, probó una cucharada de arroz y lo dejó de nuevo sobre la mesa.
—El jueves quiero una cena decente. Mi mamá no va a comer esta miseria.
—Habrá cena.
—Carne.
—Habrá lo que corresponda.
Óscar no entendió la respuesta.
Tampoco preguntó.
Estaba acostumbrado a que Mariana cediera antes de que llegaran las visitas.
Esta vez no lo haría.
Durante los siguientes cinco días, ella reunió documentos.
Pidió al banco los estados de cuenta de la cuenta común.
Descargó recibos de los servicios.
Organizó los pagos de renta.
Separó sus aportaciones de las de Óscar.
También llamó a tres personas.
La primera fue su compañera de trabajo, Lucía, quien había escuchado durante meses cómo Óscar se quejaba de que Mariana “gastaba demasiado” en comida.
La segunda fue Raúl, el propietario del departamento, que podía confirmar quién pagaba realmente la renta y desde qué cuenta.
La tercera fue la licenciada Jimena Soto, una abogada especializada en asuntos familiares y patrimoniales que había conocido en la biblioteca.
No les pidió que tomaran partido.
Solo que presenciaran una conversación.
El jueves, Teresa Cárdenas llegó a las seis de la tarde con dos maletas, una caja de dulces regionales y una expresión de agotamiento.
Óscar salió a recibirla con una sonrisa exagerada.
—Mamá, qué bueno que llegaste.
La abrazó con tanta fuerza que Mariana pensó que estaba actuando para alguien.
Teresa entró a la sala y miró alrededor.
—¿Por qué hace tanto frío aquí?
—Estamos ahorrando gas —respondió Mariana.
Óscar se apresuró a intervenir.
—Mariana exagera. Le encanta fingir que no tenemos dinero.
Teresa dejó las maletas.
—¿Y qué preparaste de cenar?
Mariana señaló la mesa.
Había carne guisada, arroz, ensalada, tortillas y una jarra de agua de jamaica.
Óscar sonrió satisfecho.
—¿Ves? Cuando quiere, sí puede.
Mariana tomó asiento.
Lucía ya estaba en la sala con la excusa de devolverle unos libros.
Raúl había llegado para entregar un recibo de mantenimiento.
Jimena se encontraba junto a la ventana, presentada como amiga de Mariana.
Óscar no sospechó nada.
Se sirvió una porción generosa de carne.
—Así debe ser una cena normal.
Mariana esperó a que Teresa probara el primer bocado.
Después colocó el recibo de los rines en el centro de la mesa.
—Necesito hacerte una pregunta.
Teresa dejó el tenedor.
Al ver el papel, su rostro se tensó.
Óscar dejó de masticar.
—¿Qué es esto? —preguntó Mariana—. Y antes de responder, quiero que sepas que hay tres testigos presentes.
Óscar se levantó.
—Esto es ridículo.
Jimena habló con tranquilidad.
—Si no hay nada irregular, la conversación puede continuar sin problemas.
—¿Quién es usted?
—Abogada.
La palabra cayó con precisión.
Óscar miró a Mariana con furia.
—¿Trajiste una abogada a mi casa?
—El departamento es rentado y la renta se paga principalmente desde mi cuenta.
Raúl levantó discretamente el recibo.
—Puedo confirmarlo.
Óscar se volvió hacia su madre.
—No tienes que responder nada.
Teresa no lo escuchaba.
Seguía mirando la anotación al pie del recibo.
“Anticipo pagado con transferencia de Teresa Cárdenas.”
Sus manos comenzaron a temblar.
—Yo no pagué esto —dijo.
El silencio fue inmediato.
Óscar soltó una risa forzada.
—Mamá, claro que sí. Me transferiste el dinero.
—Te transferí cuarenta mil pesos.
—Fueron setenta y cuatro.
—No.
Teresa negó lentamente.
—Yo tenía cuarenta mil ahorrados. Te los presté para la reparación del motor.
Mariana deslizó el recibo hacia ella.
—Aquí aparece tu nombre por los setenta y cuatro mil completos.
Teresa palideció.
—Eso es imposible.
Óscar empujó la silla hacia atrás.
—Seguro olvidaste la cantidad.
Su madre levantó la cabeza.
—No estoy perdiendo la memoria.
—No dije eso.
—Lo pensaste.
Teresa tomó el papel y leyó cada línea.
—Yo jamás autoricé la compra de rines.
—El coche necesitaba mejoras —dijo Óscar.
—Me dijiste que no arrancaba.
—También necesitaba llantas.
—Me pediste dinero porque aseguraste que perderías el trabajo si no arreglabas el motor.
Óscar apretó la mandíbula.
—Todo forma parte del vehículo.
Mariana abrió su carpeta.
—Hay algo más.
Colocó sobre la mesa una copia de una transferencia realizada desde la cuenta de Teresa.
Setenta y cuatro mil pesos.
La referencia decía: “Apoyo médico”.
Teresa dejó escapar un sonido ahogado.
—Yo no hice esto.
—¿Quién tiene acceso a tu banca electrónica? —preguntó Jimena.
Teresa miró a su hijo.
—Óscar me ayuda con los pagos.
Él se levantó.
—No voy a quedarme aquí mientras me acusan.
Mariana colocó otra hoja.
—Siéntate.
No levantó la voz.
Aun así, él obedeció.
Era un estado de cuenta de Teresa correspondiente a los últimos seis meses.
Había transferencias periódicas hacia una cuenta que Mariana no reconocía.
Ocho mil.
Doce mil.
Cinco mil quinientos.
Diecisiete mil.
Todas aparecían con conceptos médicos o pagos de servicios.
—¿Reconoces estas operaciones? —preguntó Mariana.
Teresa revisó las fechas.
—No.
—¿Tienes tantos gastos médicos?
—No. Mis consultas las cubre el seguro.
Óscar se pasó una mano por la frente.
—Mamá, yo movía el dinero para organizarte.
—¿Organizarme qué?
—Tus pagos.
—¿A qué cuenta?
Él no respondió.
Jimena señaló el número de destino.
—La cuenta está a nombre de Óscar Cárdenas Salas.
Teresa se quedó mirando a su hijo como si no lo reconociera.
—¿Me estabas sacando dinero?
—Te lo iba a devolver.
—¿Cuánto?
—No sé.
—¿Cuánto, Óscar?
Mariana abrió una hoja de cálculo.
—Ciento ochenta y seis mil pesos en seis meses.
Teresa se llevó una mano al pecho.
Lucía acercó un vaso de agua.
Óscar señaló a Mariana.
—Ella está manipulando todo.
—Los estados de cuenta vienen directamente del banco —dijo Jimena.
—No tenía permiso para revisarlos.
—Su madre sí puede solicitarlos.
Teresa levantó la mirada.
—Yo se los envié esta mañana.
Óscar se quedó helado.
Mariana también se sorprendió.
Teresa respiró profundamente.
—Cuando Mariana me llamó y preguntó si yo había pagado setenta y cuatro mil pesos, pensé que se trataba de un error.
Abrió su bolso y sacó un sobre.
—Fui al banco antes de venir.
Dentro había más movimientos.
Muchos más.
Transferencias a restaurantes, tiendas de ropa, plataformas de apuestas y una empresa llamada Eventos Marfil.
—¿Qué es Eventos Marfil? —preguntó Mariana.
Óscar guardó silencio.
Teresa sacó una fotografía.
Mostraba a Óscar en un salón de fiestas junto a una mujer joven con vestido plateado.
Él tenía una mano sobre su cintura.
—La empleada del banco reconoció el nombre —dijo Teresa—. Su hija trabaja allí.
Óscar se puso de pie bruscamente.
—Eso no significa nada.
—¿Quién es ella? —preguntó Mariana.
—Una compañera.
—¿Por qué pagaste un evento con dinero de tu madre?
—Era una reunión del trabajo.
Teresa lanzó otra fotografía sobre la mesa.
Había un pastel.
Velas.
Copas.
En la pared podía leerse: “Feliz aniversario, Óscar y Renata”.
Mariana sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Aniversario?
Nadie respondió.
Lucía dejó escapar el aire lentamente.
Raúl miró hacia otro lado.
Teresa comenzó a llorar.
—Me dijiste que necesitabas dinero para sobrevivir.
Óscar bajó la voz.
—Mamá, puedo explicarlo.
—¿Desde cuándo?
La pregunta no iba dirigida al dinero.
Óscar lo entendió.
—No es lo que parece.
Mariana lo miró directamente.
—¿Desde cuándo estás con ella?
—No estoy con nadie.
—Entonces explícame la fotografía.
—Fue una broma.
Jimena tomó nota.
—¿También fueron una broma las transferencias al salón?
Óscar golpeó la mesa.
—¡Se acabó esta cena!
El plato cayó al suelo.
Canela salió corriendo hacia el pasillo.
Mariana no se movió.
—No. Apenas empieza.
Sacó el último documento.

Era el contrato de renta.
Óscar sonrió con desprecio.
—¿También vas a presumir que pagas más?
—No.
Mariana señaló la cláusula final.
—Voy a informarte que el contrato termina dentro de veinte días.
—Lo renovaremos.
Raúl negó.
—No con usted.
Óscar lo miró.
—¿Qué significa eso?
—La señora Mariana solicitó un contrato nuevo únicamente a su nombre.
—Soy su esposo.
—Eso no le concede derecho automático sobre una propiedad rentada.
Óscar se volvió hacia Mariana.
—¿Me vas a echar?
—Voy a dejar de mantenerte.
—Yo pago cosas.
Mariana colocó el presupuesto de mil quinientos pesos frente a él.
—Entonces arréglatelas como quieras.
La misma frase que él había usado.
Pero esta vez Óscar no sonrió.
Teresa se levantó y guardó los estados de cuenta en su bolso.
—Mañana voy a denunciar las transferencias.
—No puedes hacerle eso a tu propio hijo —dijo él.
—Tú me lo hiciste primero.
Tomó sus maletas.
—No me quedaré aquí.
Óscar intentó detenerla.
—Mamá, espera.
—No me toques.
La autoridad en su voz hizo que él retrocediera.
La cena terminó sin postre.
Raúl y Lucía se marcharon después de firmar una breve declaración sobre lo que habían presenciado.
Jimena permaneció para explicarle a Mariana los siguientes pasos.
Óscar se encerró en el dormitorio.
A la una de la madrugada salió con una maleta pequeña.
—Me voy unos días.
—Deja las llaves.
—Todavía vivo aquí.
—El contrato vence pronto.
Él se acercó demasiado.
—Vas a arrepentirte.
Mariana sostuvo el teléfono a la vista.
—Repítelo.
Óscar miró la pantalla y se apartó.
Arrojó las llaves sobre la mesa.
—Quédate con tu departamento miserable.
Salió dando un portazo.
Mariana creyó que el peor secreto ya había aparecido.
La amante.
El dinero robado.
Las mentiras.
Se equivocaba.
A las ocho de la mañana, Teresa llamó desde el banco.
Su voz sonaba quebrada.
—Mariana, encontraron algo más.
—¿Qué pasó?
—Los setenta y cuatro mil pesos no salieron solamente de mis ahorros.
—¿Entonces?
—Óscar solicitó un préstamo a mi nombre.
Mariana se sentó.
—¿De cuánto?
—Trescientos veinte mil pesos.
—¿Cómo lo autorizó?
—Usó una copia de mi identificación y una grabación de mi voz.
Jimena, que todavía estaba revisando documentos en la sala, levantó la cabeza.
—Pregúntale cuándo se contrató —susurró.
Mariana lo hizo.
Teresa respondió:
—Hace ocho meses.
Exactamente cuando Óscar había comenzado a reducir su aportación al hogar.
—¿Dónde está el resto del dinero? —preguntó Mariana.
—El banco rastreó una transferencia inicial.
—¿A la cuenta de Renata?
—No.
Teresa comenzó a llorar con más fuerza.
—A una clínica privada.
Mariana sintió un miedo extraño.
—¿Para qué?
—El concepto dice “tratamiento de fertilidad”.
La habitación quedó en silencio.
Óscar llevaba años asegurando que no quería hijos porque eran demasiado caros.
Pero el préstamo no era lo más grave.
Minutos después, Jimena verificó el nombre de la paciente en la factura.
No era Renata.
Era una mujer llamada Paola Cárdenas.
El apellido era el mismo de Teresa.
Y según el acta adjunta al expediente bancario, Paola no era una amante.
Era una hija que Óscar había registrado seis años antes de casarse con Mariana.
Una hija cuya existencia había ocultado durante los ocho años completos de matrimonio.