Mi hermano apareció corriendo desde el jardín.
Sin pensarlo dos veces, se lanzó contra el hombre enmascarado.
Los dos cayeron violentamente sobre el césped húmedo.
Aproveché el instante para esconder el sobre bajo mi chaqueta.
El desconocido intentó alcanzarme otra vez.
Pero escuchó varias voces acercándose desde la mansión.
Soltó un fuerte empujón, escapó saltando la reja y desapareció entre la oscuridad.
Mi hermano se levantó con el rostro ensangrentado.
—¿Estás bien?
Asentí mientras intentaba recuperar el aliento.
Él miró el sobre con preocupación.
—¿Qué hay ahí dentro para que alguien quiera matar por conseguirlo?
No supe qué responder.
Las palabras de mi madre seguían resonando en mi cabeza.
“Si alguien lo toca, perderá su dignidad para siempre.”
Entramos nuevamente en la mansión.
Los invitados continuaban riendo y brindando, completamente ajenos a lo que acababa de ocurrir.
Mi madre nos esperaba en el despacho.
Al ver que aún tenía el sobre, respiró aliviada.
—Llegamos tarde.
Sin esperar respuesta, tomó un abrecartas de plata y rompió el sello negro.
Mi hermano y yo nos acercamos lentamente.
Dentro solo había tres objetos.
Una fotografía antigua.
Una llave dorada.
Y una carta escrita a mano.

Mi madre comenzó a leer en silencio.
Su rostro perdió todo el color.
Las hojas cayeron de sus manos.
—No… esto no puede ser…
Mi hermano recogió la carta antes de que tocara el suelo.
Leyó apenas las primeras líneas.
Sus ojos se abrieron por completo.
—¿Qué significa esto?
Tomé el papel.
La carta estaba firmada por nuestro padre.
El hombre que todos creíamos muerto desde hacía doce años.
“Si están leyendo esto, significa que finalmente encontraron el sobre. Ninguno de ustedes lleva realmente mi sangre. Los dos fueron intercambiados al nacer para proteger al verdadero heredero de nuestra familia.”
El silencio se volvió insoportable.
Mi hermano dio un paso atrás.
—Eso es imposible…
Mi madre rompió a llorar por primera vez en toda su vida.
—Yo intenté impedir que descubrieran la verdad.
Antes de que pudiéramos reaccionar, el mayordomo irrumpió desesperado en el despacho.
—¡Señora!
—Acaba de llegar un hombre que asegura ser el verdadero hijo de la familia.
Y exige recuperar todo lo que le pertenece.
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