PARTE 2: EL CONTRATO QUE MATEO NUNCA DEBIÓ FIRMAR.

Mateo y Sofía apenas habían cruzado la puerta cuando Don Fernando soltó una carcajada amarga.

—¿De verdad crees que has ganado?

Mateo se detuvo.

La voz del empresario ya no sonaba derrotada.

Sonaba peligrosamente tranquila.

Don Fernando se levantó lentamente del suelo y abrió un compartimento oculto bajo su escritorio.

Sacó una carpeta roja sellada con el emblema de la familia.

—Puedes haber comprado mis acciones —dijo—, pero jamás serás dueño de lo que realmente sostiene este imperio.

Sofía apretó la mano de Mateo.

—Papá, ¿de qué estás hablando?

El anciano colocó la carpeta sobre la mesa.

—Pregúntale a tu novio por qué su apellido aparece en este contrato firmado hace veinte años.

Mateo regresó al despacho y abrió la carpeta.

Su expresión cambió al instante.

En la primera página aparecía la firma de su padre.

El documento establecía que la familia de Mateo había recibido una enorme inversión de Don Fernando para salvar su empresa de la quiebra.

Pero al final existía una cláusula escrita con tinta oscura.

Si Mateo se casaba con Sofía, todas las empresas de ambas familias pasarían automáticamente a una sociedad controlada por un beneficiario desconocido.

—Esto es falso —murmuró Mateo.

Don Fernando negó lentamente.

—Es completamente legal.

—Tu padre aceptó esas condiciones antes de desaparecer.

Sofía miró a Mateo con preocupación.

—¿Tu padre no murió cuando eras niño?

Mateo permaneció inmóvil.

Eso era lo que siempre le habían contado.

Don Fernando sacó una fotografía antigua.

En ella aparecían los padres de Mateo reunidos con él en aquella misma mansión.

Junto a ellos estaba una mujer cuyo rostro había sido tachado.

—Esa mujer diseñó todo el acuerdo —explicó Fernando—. También fue quien me obligó a mantenerte lejos de mi hija.

Mateo levantó la mirada.

—¿Quién es?

Antes de que el empresario pudiera responder, todas las pantallas del despacho se encendieron al mismo tiempo.

Una mujer elegante apareció mediante una videollamada.

Su rostro era idéntico al de la madre de Mateo.

—Ha pasado demasiado tiempo, hijo —dijo ella.

Mateo sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—Mi madre murió.

La mujer sonrió con frialdad.

—Eso era lo que necesitaba que creyeras.

Don Fernando retrocedió con verdadero terror.

—No debiste comunicarte con nosotros.

Ella ignoró la advertencia.

—Mateo, compraste el imperio de Fernando exactamente como estaba planeado.

—Ahora solo falta que firmes el último contrato.

En la pantalla apareció un documento digital.

La primera línea revelaba el nombre del beneficiario secreto.

Era Sofía.

Pero debajo había una condición que paralizó a todos.

Para recibir la totalidad de la fortuna, Sofía debía renunciar legalmente a Mateo y acusarlo públicamente de fraude.

Ella leyó la cláusula con lágrimas en los ojos.

—Jamás haré algo así.

La mujer sonrió.

—Entonces ambos perderán todo antes del amanecer.

En ese instante, el teléfono de Mateo recibió una alerta.

Sus cuentas habían sido bloqueadas.

Las acciones recién adquiridas ya no aparecían a su nombre.

Y la misteriosa mujer acababa de demostrar que el verdadero dueño del imperio nunca había sido Don Fernando.

Tampoco Mateo.

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