No regresé al hotel inmediatamente.
Me detuve frente a un café a dos calles del Registro Civil y escuché por tercera vez las instrucciones de la Fiscalía.
La agente deslizó un pequeño dispositivo sobre la mesa.
—Es un grabador.
Después colocó otro objeto junto a él.
Era un bolígrafo.
—También graba video.
Lo guardé en el bolsillo interior de mi blazer.
—¿Qué necesitan exactamente?
La respuesta fue sencilla.
—Que ellos mismos expliquen para qué son esos documentos.
—Y que intenten convencerla de firmarlos.
Asentí.
No sería difícil.
Después de todo, llevaban meses preparándose para ese momento.
Cuando regresé al penthouse, Diego y Beatriz ya habían vuelto.
El desayuno seguía servido.
Champaña.
Fruta.
Pan recién horneado.
Todo parecía la mañana perfecta de unos recién casados.
Excepto por el sobre color manila que seguía sobre la mesa.
Beatriz sonrió apenas me vio.
—Qué bueno que ya estás mejor.
Diego tomó la carpeta.
—Firmamos esto y nos vamos al aeropuerto.
Se sentó junto a mí.
Abrió el documento por la última página.
—Solo aquí.
Ni siquiera me permitió leer el contenido.
Tomé lentamente las hojas.
Las primeras páginas parecían inocentes.
Autorizaciones.
Declaraciones fiscales.
Actualización patrimonial.
Pero al llegar al final encontré la verdadera cláusula.
“Poder general para actos de dominio.”
Respiré despacio.
Justo lo que esperaba.
Levanté la vista.
—¿Para qué necesitas esto?
Diego respondió sin titubear.
—Es solo para administrar tus propiedades mientras viajamos.
—¿Todas?
—Claro.
Beatriz intervino inmediatamente.
—Ahora son un matrimonio.
¿Qué importancia tiene quién firme?
Sonreí.
—Entonces…
Pasé lentamente las páginas.
—Si no cambia nada, ¿por qué no hacemos el poder limitado únicamente para pagar impuestos y mantenimiento?
El ambiente cambió.
Diego dejó de sonreír.
—Porque eso complica mucho las cosas.
—¿Complica qué?
Su mandíbula se tensó.
—Mariana.
Su voz ya no sonaba cariñosa.
—¿Confías en mí o no?
Guardé silencio unos segundos.
Después respondí exactamente como la Fiscalía me había pedido.
—No entiendo mucho estos documentos.
—Explícamelos.
Beatriz perdió la paciencia primero.
—¡Qué necesidad de hacer tantas preguntas!
Golpeó la mesa con la palma.
—Las mujeres inteligentes dejan estas cosas en manos de sus esposos.
Miré directamente a Diego.
—¿Y si no firmo?
El silencio fue absoluto.
Entonces él habló.
Muy despacio.
Muy frío.
—Vas a firmar.
Aquellas tres palabras quedaron registradas en el bolígrafo.
Pero Diego todavía no había terminado.
Se inclinó hacia mí.
—Escúchame bien.
Su voz era casi un susurro.
—Todo el viaje está pagado.
Los boletos.
El hotel.
Los traslados.
No pienso perder cientos de miles de pesos porque ahora te pongas paranoica.
Empujó nuevamente la carpeta.
—Firma.
Beatriz añadió una frase que terminó de destruir cualquier duda.
—Las otras también hicieron tantas preguntas al principio.
Sentí que el corazón daba un vuelco.
Diego giró la cabeza bruscamente.
Era evidente que ella había hablado de más.
Intentó corregirla.
—Mamá…
Pero ya era tarde.
La miré fijamente.
—¿Qué otras?
Ella permaneció inmóvil.
En ese mismo instante sonó el teléfono de Diego.
Miró la pantalla.
Frunció el ceño.
Se levantó para contestar en la terraza.
Aproveché esos segundos.
Saqué discretamente el celular.
Tomé varias fotografías de todos los documentos.
Y envié las imágenes directamente a la agente de la Fiscalía.
La respuesta llegó menos de diez segundos después.
“No firme.”
“Ya tenemos suficiente para solicitar las órdenes.”
Respiré aliviada.
Pero entonces vi algo que no esperaba.
Mientras Diego hablaba por teléfono, Beatriz abrió ligeramente otra carpeta que estaba dentro de su bolso.
Solo un segundo.
Lo suficiente para que pudiera leer una lista de nombres.
Había seis mujeres.
Cada una acompañada por una fecha.
Y junto a cuatro de ellas aparecía la misma palabra escrita con tinta roja.
“Liquidada.”
No significaba asesinadas.

Significaba completamente despojadas de sus bienes.
Yo iba a convertirme en la séptima.
Y comprendí que aquella falsa boda nunca había sido un caso aislado.
Era un negocio que llevaba años funcionando… y yo acababa de descubrir la lista completa de sus víctimas.