PARTE 2: LA VERDAD MILLONARIA QUE NADIE IMAGINABA.

El silencio invadió toda la casa.

El anillo seguía girando lentamente sobre el suelo de mármol.

Nadie se atrevía a recogerlo.

El prometido corrió detrás de Elena.

—¡Espera, por favor!

Ella se detuvo solo un instante.

—¿Ahora sí tienes algo que decir?

Él bajó la cabeza.

—Mi madre solo estaba nerviosa.

Elena sonrió con amargura.

—No.

—Tu madre mostró quién es.

—Y tú mostraste quién eres tú.

Continuó caminando hacia la salida.

Doña Remedios gritó desde el interior de la casa.

—¡Ningún hombre volverá a casarse contigo!

Elena giró lentamente.

—Prefiero estar sola que vivir arrodillada.

En ese momento, una caravana de camionetas negras entró en la propiedad.

Más de diez vehículos se detuvieron frente a la residencia.

Varios hombres con traje descendieron al mismo tiempo.

El último en bajar era un anciano de cabello completamente blanco.

Al verlo, Elena sonrió por primera vez en todo el día.

—Llegaste, abuelo.

Todos quedaron inmóviles.

Doña Remedios frunció el ceño.

—¿Quién es este viejo?

El anciano avanzó apoyándose en un elegante bastón.

Uno de sus asistentes respondió con voz firme.

—El señor Alejandro Salvatierra, fundador del Grupo Salvatierra.

El rostro del prometido perdió todo el color.

Conocía perfectamente ese nombre.

La empresa donde trabajaba pertenecía precisamente al Grupo Salvatierra.

El anciano tomó la mano de Elena.

—Perdóname por llegar tarde.

—Nunca debí permitir que soportaras semejante humillación.

Doña Remedios soltó una risa nerviosa.

—¿Así que ahora resulta que esta muchacha es rica?

El anciano la miró con absoluta serenidad.

—No.

—Ella no es rica.

—Ella es la única heredera de todo mi patrimonio.

El salón quedó completamente en silencio.

El asistente entregó una carpeta a Elena.

Dentro estaban los documentos oficiales de la sucesión.

Todas las acciones del Grupo Salvatierra aparecían ya registradas a su nombre.

El prometido dio un paso hacia ella.

—Elena… yo no sabía…

Ella cerró la carpeta sin mirarlo.

—Lo importante no es lo que sabías.

—Lo importante es que nunca me defendiste.

En ese instante sonó el teléfono del anciano.

Escuchó durante unos segundos y su expresión cambió por completo.

Colgó lentamente.

Miró a Elena con preocupación.

—Tenemos un problema.

Ella sintió un mal presentimiento.

—¿Qué ocurrió?

El anciano respiró profundamente.

—El testamento que te convierte en heredera acaba de ser impugnado.

—Y la persona que reclama toda la fortuna… asegura ser tu verdadera hermana.

Comenta “Sí” si quieres ver la parte 3.

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