Todos permanecieron inmóviles.
El objeto seguía medio cubierto por el barro.
La mujer abrazó con fuerza a su hijo.
Las lágrimas corrían sin control por su rostro.
El hombre también dejó caer lentamente el mazo.
Por primera vez parecía realmente asustado.
Uno de los vecinos dio un paso al frente.
Con cuidado levantó el objeto brillante.
No era una joya.
Ni una caja de dinero.
Era una placa metálica completamente oxidada.
Tenía grabado un nombre.
Y una fecha de hacía veintidós años.
La mujer rompió a llorar.
—No puede ser…
El hombre cerró los ojos.
Había intentado destruir aquel coche precisamente para que nadie encontrara esa placa.
Pero ya era demasiado tarde.
Un anciano del barrio observó el metal durante unos segundos.
Su rostro perdió el color.
—Ese número…
Lo recuerdo perfectamente.
Todos lo miraron.
—Era la placa del vehículo oficial de Ricardo Salas.
El silencio cayó sobre la calle.
Ricardo.
El padre del hombre que sostenía el mazo.
Había desaparecido misteriosamente más de dos décadas atrás.
Nunca encontraron su automóvil.
Ni tampoco descubrieron qué ocurrió realmente aquella noche.
La mujer señaló el viejo coche.
—Entonces…
¿Este siempre fue el automóvil de tu padre?
Él bajó lentamente la cabeza.
—Sí.
Lo escondí aquí hace veinte años.
La multitud quedó completamente paralizada.
—¿Por qué?
El hombre respiró con dificultad.
—Porque alguien me obligó.
Antes de que pudiera continuar, el maletero se abrió lentamente con un fuerte chirrido.
Dentro apareció una vieja caja metálica cubierta de polvo.
Un vecino la colocó sobre el pavimento.
La cerradura estaba completamente oxidada.
El hombre intentó impedir que la abrieran.
Pero dos vecinos lo sujetaron.

La tapa cedió con un golpe seco.
En el interior había fotografías.
Documentos.
Y varias cintas de casete cuidadosamente envueltas en plástico.
La mujer tomó una de las fotografías.
En ella aparecía Ricardo abrazando a un hombre muy conocido por todos en el barrio.
El actual alcalde de la ciudad.
La imagen estaba fechada apenas dos días antes de la desaparición.
Un murmullo recorrió la multitud.
Entonces un viejo periódico doblado cayó de la caja.
En primera plana podía leerse un gran titular.
“Empresario desaparece sin dejar rastro.”
Pero alguien había escrito una frase con tinta roja sobre el margen.
“Si encuentran este coche… nunca crean la versión oficial.”
En ese momento se escucharon varias sirenas acercándose.
Dos patrullas se detuvieron frente al garaje.
El inspector tomó la fotografía apenas la vio.
Su expresión cambió de inmediato.
—Llevamos veinte años buscando esta evidencia.
Miró fijamente al hombre que había querido destruir el automóvil.
—Pero hay algo que aún no entiendo.
Señaló una carta cerrada que permanecía intacta dentro de la caja.
En el sobre solo había un nombre escrito.
No era el del padre desaparecido.
Ni el del hombre que sostenía el mazo.
Era el nombre del verdadero heredero de toda la fortuna familiar.
Y ese heredero… era el pequeño niño que todavía permanecía en brazos de su madre.
Lee la Parte 3.