PARTE 2: EL HOMBRE DE LAS FOTOS.

El chirrido de los frenos rompió el silencio de la calle.

Una camioneta negra se detuvo justo delante de ellos.

La puerta se abrió con violencia.

Tres hombres vestidos de negro descendieron rápidamente.

El que iba al frente señaló directamente a la mujer.

—Llévense a los niños.

Ella se colocó instintivamente delante de sus hijos.

—¡No se acerquen!

El hombre del traje oscuro reaccionó sin pensarlo.

Se interpuso entre los desconocidos y la familia.

—Nadie tocará a esos niños.

Los hombres se detuvieron por un instante.

El mayor de ellos sonrió con desprecio.

—Cinco años sin recordar nada… y aun así vuelves a estorbar.

Aquellas palabras hicieron que un dolor insoportable atravesara la cabeza del desconocido.

Imágenes borrosas comenzaron a aparecer en su memoria.

Una carretera mojada.

Un automóvil volcado.

Una mujer llorando.

Y el llanto de tres recién nacidos.

Él cayó de rodillas, llevándose las manos a la cabeza.

La mujer abrió los ojos con horror.

—No… todavía no…

El mayor de los niños corrió hasta él.

—Señor, ¿está bien?

El hombre levantó lentamente la mirada.

Por primera vez observó de cerca el rostro del pequeño.

Aquellos ojos.

Aquella forma de sonreír.

Era como mirarse en un espejo cuando tenía su misma edad.

Sacó la vieja fotografía que llevaba en el bolsillo.

La comparó con los tres niños.

No había ninguna duda.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por su rostro.

—Son… mis hijos.

La mujer rompió a llorar.

Durante cinco años había ocultado aquella verdad para protegerlos.

—Pensé que habías muerto aquella noche.

Él negó lentamente con la cabeza.

—No morí.

Respiró con dificultad.

—Perdí todos mis recuerdos.

Los hombres vestidos de negro volvieron a avanzar.

Uno de ellos sacó un arma.

—Se acabó el reencuentro.

Antes de que pudiera disparar, varias patrullas rodearon la calle.

Los atacantes intentaron escapar.

Pero ya era demasiado tarde.

Mientras los agentes los esposaban, uno de ellos comenzó a reír.

Miró fijamente al hombre del traje.

—Aunque recuperes a tus hijos, nunca recuperarás a tu esposa.

Él frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

El detenido sonrió con una tranquilidad escalofriante.

—La mujer que tienes delante no es la persona que iba contigo la noche del accidente.

Todos quedaron paralizados.

La mujer sintió que la sangre desaparecía de su rostro.

Sabía que el secreto que había protegido durante cinco años acababa de romperse para siempre.

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