El olor a humo se volvió insoportable.
Los gritos sustituyeron a los insultos.
Todos corrieron hacia la puerta principal.
Una nube negra subía desde el sótano.
La señora Carmen fue la primera en reaccionar.
—¡Hay niños en el edificio!
Los vecinos comenzaron a evacuar apresuradamente.
Lucía tomó el teléfono sin dejar de grabar.
El director aprovechó el caos.
Empujó a dos personas.
Intentó abrirse paso hacia la salida trasera.
Pero varios residentes lo sujetaron antes de que escapara.
—¡Suéltenme!
—¡No fue mi culpa!
Nadie le creyó.
Las sirenas de los bomberos ya podían escucharse a lo lejos.
El humo seguía extendiéndose por las escaleras.
Entonces un niño apareció llorando desde el tercer piso.
—¡Mi abuelita sigue arriba!
Sin pensarlo dos veces, Lucía corrió hacia el interior del edificio.
—¡Lucía, no!
Su padre intentó detenerla.
Ella desapareció entre el humo.
Minutos después, salió sosteniendo a la anciana Carmen del brazo.
Ambas tosían sin parar.
Los vecinos rompieron en aplausos.
Mientras tanto, los bomberos lograron controlar el incendio del sótano.
El jefe del operativo caminó directamente hacia el director.
Observó las colillas esparcidas entre cajas de cartón y productos inflamables.
Después levantó una pequeña cámara de seguridad chamuscada.
—Todavía funciona.
Conectó rápidamente la memoria portátil a una tableta.
Las imágenes comenzaron a reproducirse.
No solo mostraban al director arrojando colillas encendidas durante varios días.
También se veía cómo, apenas unos minutos antes de la reunión de vecinos, había bajado al sótano con un bidón de gasolina.
Todos quedaron completamente inmóviles.
El director empezó a retroceder.
—Eso…
Eso no demuestra que yo…
El jefe de bomberos lo interrumpió.
—Después de ver las imágenes, sí lo demuestra.
Las colillas no iniciaron este incendio.
Usted lo provocó deliberadamente.
Quería que pareciera un accidente para culpar a otro vecino.
Dos policías que acababan de llegar se acercaron de inmediato.
Le colocaron las esposas.
El director bajó la cabeza.

Creía que todo había terminado.
Pero Lucía dio un paso al frente.
—Aún falta la peor parte.
Sacó otra memoria USB de su bolsillo.
—Mientras todos miraban el video de las colillas, revisé el servidor del edificio.
Encontré las grabaciones que papá creyó haber borrado hace meses.
El director sintió cómo desaparecía el color de su rostro.
Lucía levantó lentamente la memoria.
—Aquí no solo aparece provocando incendios.
También muestra por qué necesitaba que este edificio desapareciera antes de que terminara la auditoría de la próxima semana.
Lee la Parte 3.