El disparo resonó una segunda vez.
Elena quedó paralizada.
La sangre comenzaba a empapar lentamente la camisa blanca del hombre.
Él no cayó.
Apretó los dientes y siguió de pie.
Con una mano sujetó la herida.
Con la otra empujó suavemente a Elena detrás del automóvil.
—No te muevas.
Su voz seguía siendo firme.
Los dos hombres que habían escapado regresaron corriendo.
Ahora ya no huían.
Esperaban la llegada del francotirador escondido entre las sombras.
El protector levantó la mirada hacia el edificio de enfrente.
—Tercer piso…
Ventana izquierda.
Antes de que pudiera terminar la frase, otro disparo atravesó el parabrisas.
Los cristales estallaron sobre el asfalto.
Elena comprendió entonces una terrible verdad.
El atacante nunca había querido matar al hombre.
El verdadero objetivo era ella.
En ese instante aparecieron cuatro camionetas negras rodeando toda la calle.
Decenas de escoltas descendieron con rapidez.
Sus movimientos eran precisos y perfectamente coordinados.
El jefe de seguridad corrió hacia el hombre herido.
—¡Señor, llegamos demasiado tarde!
Él negó con la cabeza.
—Protejan primero a la señorita Elena.
Nadie entendía por qué un hombre tan poderoso arriesgaba la vida por una joven aparentemente desconocida.
Los escoltas formaron un círculo a su alrededor.
El francotirador intentó escapar por la azotea.
Pero un helicóptero iluminó el edificio con un potente reflector.
La policía cerró todas las salidas.
El líder de los matones, aún tendido en el suelo, comenzó a reír.
—Aunque nos atrapen…
Ya es demasiado tarde.
Elena lo miró confundida.
—¿Qué significa eso?
El hombre ensangrentado sacó lentamente un pequeño colgante de plata que llevaba oculto bajo la camisa.
Lo colocó en la mano de Elena.
Ella lo observó apenas unos segundos.
Su rostro perdió todo el color.
Era idéntico al medallón que su madre le había dejado antes de desaparecer veinte años atrás.
—¿Dónde… conseguiste esto?
Él sonrió con dificultad.
—Porque era de tu padre.
Elena sintió que el mundo se detenía.

Toda su vida creyó que su padre había muerto cuando ella era una niña.
Pero el hombre negó lentamente.
—No murió.
Lo obligaron a desaparecer para protegerte.
En ese momento, el jefe de seguridad recibió una llamada urgente.
Su expresión cambió por completo.
Miró al hombre herido con evidente preocupación.
—Señor…
Acaban de confirmar la noticia.
El consejo acaba de reconocer oficialmente a la única heredera del Grupo Armand.
Todos los presentes quedaron inmóviles.
El jefe de seguridad se giró lentamente hacia Elena.
—Señorita…
Desde hace exactamente diez minutos, usted es la propietaria del imperio empresarial más poderoso de toda la ciudad.
Lee la Parte 3.