La fotografía cayó sobre la mesa.
Durante varios segundos fui incapaz de respirar.
La mujer vestía un traje blanco sencillo.
Sonreía frente a un funcionario del registro civil mientras sostenía una pluma entre los dedos.
No era yo.
Pero cualquiera habría pensado que sí.
Llevaba mi peinado.
Mi color de cabello.
Incluso unas gafas idénticas a las que usaba tres años atrás.
Solo había una diferencia.
Conocía perfectamente ese rostro.
—No…
El detective levantó lentamente la vista.
—¿La reconoce?
Sentí que la garganta se cerraba.
—Es…
Mi mejor amiga.
El silencio invadió la oficina.
El investigador frunció el ceño.
—¿Está completamente segura?
Asentí sin dejar de mirar la fotografía.
—Se llama Olivia Carter.
La conozco desde la universidad.
Tres horas después, la policía localizó a Olivia.
Aceptó presentarse voluntariamente.
Cuando entró en la sala de interrogatorios y me vio sentada frente al cristal, rompió inmediatamente a llorar.
—Perdóname…
Aquellas fueron sus primeras palabras.
No preguntó cómo la habían encontrado.
Ni intentó negar nada.
Solo lloró.
Entré lentamente en la habitación.
La observé durante largos segundos.
—¿Por qué?
Olivia bajó la cabeza.
—Yo no quería hacerte daño.
Reí con incredulidad.
—Me casaste con un desconocido.
Me cargaste una deuda de dos millones.
Perdí la compra de mi departamento.
Y dices que no querías hacerme daño.
Ella comenzó a temblar.
—No sabía que terminaría así.
El detective colocó varias fotografías sobre la mesa.
—Empiece desde el principio.
Olivia respiró profundamente.
—Hace tres años…
Conocí a Daniel.
Era encantador.
Decía que trabajaba en inversiones internacionales.
Prometió casarse conmigo.
Contó que tenía problemas legales por culpa de unos socios.
Yo le creí.
Se secó las lágrimas.
—Un día me pidió un favor.
Solo tenía que parecer otra persona durante unos minutos.
Nada más.
La miré fijamente.
—¿Y aceptaste convertirte en mí?
—Dijo que era un trámite sin importancia.
Que después corregiría todo.
—¿Usando mi identidad robada?
Olivia cerró los ojos.
—Encontró una copia de tus documentos dentro de mi computadora.
Sentí un escalofrío.
Mi computadora.
Tres años atrás.
Olivia había pasado una semana en mi apartamento mientras reformaban el suyo.
Tenía acceso a todo.
Incluso a las copias digitales que había escaneado después de perder el bolso.
Nunca imaginé que alguien pudiera utilizarlas.
—¿Quién preparó los documentos?
Preguntó el detective.
Olivia negó lentamente.
—Nunca conocí a esa persona.
Daniel me llevaba con los ojos vendados hasta una oficina.
Solo firmaba donde él decía.
Después me devolvía a casa.
El investigador tomó nota.
—¿Y cuándo descubrió que era un fraude?
Las lágrimas volvieron a aparecer.
—El mismo día de la boda falsa.
Daniel me dijo…
Que ya no podía casarse conmigo.
Porque legalmente estaba casado con otra mujer.
Con ella.
Me señaló.
Sentí un vacío en el pecho.
—¿Aun así lo ayudaste?
Olivia rompió definitivamente a llorar.
—Me amenazó.
Dijo que, si hablaba, todos creerían que yo había robado tu identidad por celos.
Mientras terminaba la declaración, otro agente entró apresuradamente.
—Tenemos un problema.
El detective levantó la cabeza.
—¿Qué ocurrió?
—Daniel acaba de hablar.
Todos giramos hacia él.
—¿Qué dijo?
El policía dejó una carpeta sobre la mesa.
—Asegura que nunca eligió a esta víctima por casualidad.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué significa eso?
El agente abrió lentamente el expediente.
Dentro aparecía una lista.

Decenas de nombres.
Fotografías.
Copias de documentos.
Cada persona tenía una marca distinta.
Verde.
Amarillo.
Rojo.
Mi fotografía aparecía rodeada por un grueso círculo rojo.
—¿Qué es eso?
Pregunté.
El detective respondió con voz grave.
—Una lista de objetivos.
Olivia abrió mucho los ojos.
—No…
Eso no puede ser.
El policía continuó.
—Daniel declaró que alguien le entregó personalmente toda su información.
Su dirección.
Sus documentos.
Sus cuentas bancarias.
Incluso sus rutinas diarias.
Sentí que el corazón comenzaba a latir con fuerza.
—¿Quién?
El investigador permaneció en silencio unos segundos.
Después respondió.
—Todavía no lo sabemos.
Pero afirmó que esa persona la conocía desde hacía muchos años.
Y que…
Era alguien en quien usted confiaba completamente.
Aquella misma noche regresé a mi apartamento.
No podía dejar de pensar en aquellas palabras.
Abrí una vieja caja con fotografías de la universidad.
Quería entender quién había tenido acceso a mi vida.
Entonces encontré una imagen tomada durante nuestra graduación.
Éramos seis amigos.
Todos sonreíamos.
De pronto algo llamó mi atención.
Detrás de nosotros aparecía un hombre apoyado junto a una motocicleta.
Nunca antes le había prestado atención.
Amplié la fotografía con el teléfono.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
Porque aquel hombre…
Era Daniel Brooks.
Y estaba observándonos desde hacía tres años antes de la falsa boda.