Vanessa alzó su copa de champán con una sonrisa triunfal.
—Por el nuevo comienzo de Foster Group.
Los directivos reunidos en el salón privado del hotel aplaudieron mientras Adrián levantaba su copa sin apartar la vista de la pantalla donde aparecía el logotipo de la futura salida a bolsa.
Entonces sonó su teléfono.
El director financiero hablaba tan deprisa que apenas podía entenderse.
—¡Señor Foster! Tenemos un problema gravísimo.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
—La línea de inversión Atlas acaba de retirarse por completo.
La sonrisa desapareció del rostro de Adrián.
—¿Qué?
—No solo cancelaron la financiación. También vendieron todas las obligaciones convertibles y rescindieron las garantías bancarias.
Vanessa dejó lentamente la copa sobre la mesa.
—Debe ser un error.
—Ojalá lo fuera —respondió la voz al otro lado—. Los bancos ya comenzaron a congelar nuestras líneas de crédito.
El salón quedó en silencio.
Adrián salió al pasillo mientras seguía escuchando el informe.
Cada frase era peor que la anterior.
Tres bancos suspendían nuevos préstamos.
Dos fondos retiraban su participación.
Los proveedores exigían pagos inmediatos.
Todo ocurría al mismo tiempo.
—¿Quién dio esa orden? —preguntó con la mandíbula tensa.
Hubo unos segundos de silencio.
Después llegó la respuesta.
—Presidenta Evelyn Morgan.
Adrián permaneció inmóvil.
Aquel nombre le resultaba completamente desconocido.
—¿Quién demonios es esa mujer?
—Es la presidenta del Grupo Morgan Capital.
—¿Y qué tiene que ver con nosotros?
El director financiero respiró hondo.
—Señor… la inversión anónima que nos sostuvo durante tres años siempre perteneció a Morgan Capital.
Adrián sintió un escalofrío.
—¿Quién autorizó retirarla?
—La propia presidenta.
Miró por la ventana del hotel mientras una idea absurda cruzaba su mente.
No.
Era imposible.
Claire no podía tener ninguna relación con aquella corporación.
Regresó al salón.
Vanessa notó inmediatamente su expresión.
—¿Qué pasó?
Antes de responder, otro ejecutivo entró corriendo.
—¡Las acciones del mercado privado están cayendo! Los rumores ya comenzaron.
La madre de Adrián llamó en ese instante.
—Hijo, varios acreedores acaban de llegar a la casa. ¿Qué está sucediendo?
Él intentó tranquilizarla.
Pero ni siquiera él entendía el desastre.
Mientras tanto, yo descendía del Rolls-Royce frente al edificio principal de Morgan Capital.
Más de cien ejecutivos esperaban alineados en la entrada.
En cuanto crucé la puerta, todos inclinaron la cabeza.
—Bienvenida de nuevo, presidenta Morgan.
Durante tres años aquel saludo había quedado suspendido.
Aquella noche volvió a escucharse.
Entré en la sala del consejo.
En la enorme pantalla aparecía la evolución financiera de Foster Group.
Las cifras descendían minuto tras minuto.
El director financiero me observó con cautela.
—Presidenta, si mantiene la retirada durante cuarenta y ocho horas, Foster Group entrará en incumplimiento técnico.
Asentí con tranquilidad.
—Lo sé.
—Todavía podemos detener la operación.
Negué lentamente.
—No.
Un anciano miembro del consejo sonrió.
—Durante años sacrificó miles de millones por amor.
Hoy, por fin, decidió volver.
Miré la alianza que aún llevaba en el bolsillo.
Después la dejé sobre la mesa.
—No vuelvan a mencionarlo.
A la mañana siguiente, las portadas financieras hablaban de una sola noticia.
“Foster Group enfrenta la peor crisis de su historia.”
Adrián llevaba más de veinte horas sin dormir.
Entró furioso en el despacho del director financiero.
—¡Quiero reunirme con la presidenta Morgan inmediatamente!
El hombre bajó la mirada.
—Lo intentamos toda la noche.
—¿Y?
—Rechazó todas las solicitudes.
Vanessa intervino.

—Ofrezcámosle acciones.
—Ya lo hicimos.
—¿Más dinero?
—También.
La respuesta fue siempre la misma.
“No existe ninguna posibilidad de negociación.”
Adrián golpeó el escritorio.
—¡Necesito saber qué quiere!
En ese momento, la secretaria abrió la puerta.
—Señor Foster… encontramos algo.
Le entregó una carpeta.
Dentro había todos los contratos firmados durante la crisis de la empresa.
Cada documento llevaba la misma firma autorizando los desembolsos.
E. Morgan.
Debajo aparecía un dato que nadie había revisado en tres años.
Representante autorizado:
Claire Evelyn Morgan.
El despacho quedó completamente inmóvil.
Vanessa fue la primera en romper el silencio.
—Eso… debe ser otra persona.
Pero Adrián ya no escuchaba.
Recordó el correo que Claire había recibido durante la cena.
Recordó la serenidad con la que rechazó los setecientos mil dólares.
Recordó el Rolls-Royce esperándola bajo la lluvia.
Y recordó las últimas palabras que ella pronunció antes de marcharse.
“Espero que no te arrepientas.”
Sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Por primera vez desde el divorcio comprendió que jamás había conocido realmente a su esposa.
Sin perder un segundo, tomó las llaves del coche.
—¿A dónde vas? —preguntó Vanessa.
Adrián abrió la puerta.
Su voz sonó casi desesperada.
—Voy a traer a Claire de vuelta… antes de que sea demasiado tarde.
Pero ninguno de los presentes sabía que, en ese mismo instante, yo acababa de firmar otro documento.
Uno que no solo cerraba definitivamente cualquier vínculo con los Foster.
También autorizaba la adquisición silenciosa de la mayor parte de sus deudas.
Y cuando Adrián llegó al edificio de Morgan Capital, descubrió que ya no iba a negociar con su exesposa.
Iba a pedir una cita con la mujer que, desde aquella mañana, se había convertido oficialmente en la propietaria de su futuro.