Mi hermana dejó de sonreír.
Sus dedos continuaban entrelazados con los de su prometido, pero ya no había ternura en aquel gesto.
Solo miedo.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó ella.
Él intentó apartarse.
Yo le sujeté suavemente la solapa del traje antes de que pudiera escapar.
—Significa que tu futuro esposo tiene otro nombre.
La habitación quedó completamente inmóvil.
Las damas de honor se miraron entre sí.
Mi madre dejó caer el abanico que sostenía.
—No empieces con tus dramas el día de la boda —dijo mi hermana con la voz tensa—. Acabas de regresar y ya quieres arruinarlo todo.
La miré directamente.
—Su nombre no es Adrián Montes.
El novio palideció.
—Cállate.
Fue la primera vez que perdió el control.
Mi hermana soltó su mano de inmediato.
—¿Por qué te habla así?
Él respiró hondo e intentó recuperar la sonrisa.
—Está confundida. Tuvimos problemas de negocios hace años.

—No fueron problemas de negocios.
Saqué mi teléfono del bolso.
Abrí una fotografía tomada tres años atrás.
En ella aparecía el mismo hombre, aunque con otro peinado, barba espesa y una cicatriz falsa sobre la ceja.
Junto a la imagen había un nombre.
Sebastián Rivas.
Mi hermana tomó el teléfono.
Su rostro se descompuso.
—¿Quién es Sebastián Rivas?
Él no respondió.
Me acerqué a la mesa donde descansaban los regalos de boda y coloqué un sobre rojo frente a ella.
—Aquí está el regalo que tanto querías.
Mi hermana lo abrió con manos temblorosas.
Dentro había copias de transferencias bancarias, pasaportes falsos y fotografías de varias mujeres.
Todas llevaban anillos parecidos al suyo.
—No…
Su voz apenas fue un susurro.
—Esto es falso.
—Pregúntale por Lucía Ferrer.
El novio cerró los ojos.
Ese pequeño gesto fue suficiente.
Mi hermana retrocedió como si la hubieran golpeado.
—¿Quién es ella?
—Una mujer con la que se casó hace cinco años —respondí—. Le robó los ahorros, vendió su casa y desapareció.
—Estás mintiendo —gritó él.
—También hizo lo mismo con Natalia Cruz.
Coloqué otra fotografía sobre la mesa.
—Y después conmigo.
Mi madre levantó la cabeza de golpe.
—¿Contigo?
El dolor que había intentado ocultar durante tres años regresó de inmediato.
—Sebastián fue el administrador de la empresa de papá.
Las palabras salieron lentamente.
—Falsificó su firma, vació las cuentas y provocó la quiebra.
Mi madre se llevó una mano a la boca.
Mi hermana miró al hombre con quien estaba a punto de casarse.
—¿Tú causaste la muerte de papá?
Él apretó la mandíbula.
Nuestro padre había sufrido un infarto pocos días después de descubrir el fraude.
Nunca logró recuperarse.
Sebastián se acercó a mi hermana.
—Escúchame. Todo lo hice porque me obligaron.
—¿Quién?
No respondió.
Yo saqué una grabadora pequeña del bolsillo.
—Tal vez prefieras explicarlo delante de la policía.
Su expresión cambió por completo.
Corrió hacia la puerta.
Pero cuando la abrió, encontró a dos agentes esperando en el pasillo.
Detrás de ellos estaba una mujer con un vestido azul oscuro.
Reconocí inmediatamente su rostro.
Lucía Ferrer.
La primera esposa.
—Se acabó, Sebastián —dijo ella.
Mi hermana comenzó a llorar.
No por la boda destruida.
Sino porque por fin entendió que había estado a punto de entregar su vida al hombre que había arruinado a nuestra familia.
Los agentes le colocaron las esposas.
Sin embargo, antes de ser llevado, Sebastián se giró hacia mí.
Sonrió.
No era una sonrisa de derrota.
Era una advertencia.
—Crees que regresé por tu hermana.
Sentí un escalofrío.
—Pero ella nunca fue el verdadero objetivo.
La policía lo empujó hacia el pasillo.
Mi hermana me miró confundida.
—¿Entonces qué quería?
Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.
Era un mensaje enviado desde un número oculto.
“Mientras estabas en la boda, alguien abrió la caja de seguridad de tu padre.”
Debajo había una fotografía.
La caja estaba vacía.
Y sobre la puerta metálica habían dejado la misma marca que yo llevaba en la mano derecha.