Andrés no cerró los ojos en toda la noche.
Mientras Marisol dormía agotada, él fotografió discretamente cada hematoma, la cicatriz de la operación y el informe de la biopsia que ella escondía bajo el colchón.
A la mañana siguiente bajó a desayunar sonriendo.
—Hablé con el contador de Canadá —anunció mientras dejaba una carpeta sobre la mesa—. La indemnización puede llegar antes de lo previsto.
Ofelia casi dejó caer la taza.
Brenda sacó inmediatamente una libreta.
—¿Y qué tenemos que hacer?
Andrés fingió revisar unos documentos.
—El banco exige comprobar que los bienes registrados a mi nombre siguen bajo control familiar. También revisarán quién administró el dinero que envié durante estos cuatro años.
Ofelia respondió sin vacilar.
—Todo está perfectamente justificado.
—Excelente.
Porque el auditor llegará mañana.
El silencio fue inmediato.
Aquella misma tarde, Andrés instaló discretamente pequeñas cámaras en la sala, el comedor y el despacho donde su madre guardaba los documentos.
No buscaba una confesión.
Solo esperaba que la codicia hiciera el resto.
No tuvo que esperar mucho.
Esa noche, las cámaras grabaron a Ofelia y Brenda entrando al despacho.
—Hay que desaparecer los estados de cuenta viejos —susurró Brenda.
—Y romper los recibos de las transferencias de Marisol al hospital —respondió Ofelia.
—¿Y si Andrés pregunta por el dinero?
La anciana sonrió con tranquilidad.
—Cuando firme el poder para recibir la indemnización, lo convenceremos de vender el terreno. Después nos iremos antes de que descubra nada.
Andrés observó la grabación desde su teléfono sin decir una palabra.
A la mañana siguiente apareció un hombre de traje acompañado por una mujer con portafolios.
Ofelia se levantó de inmediato para recibirlos.
—Bienvenidos. Deben ser los auditores.
El desconocido mostró una credencial.
—No exactamente.
Somos peritos financieros nombrados por un juez.
Vamos a revisar el destino de cada peso enviado desde Canadá.
El rostro de Brenda perdió el color.
Los peritos comenzaron a solicitar escrituras, facturas, contratos y estados bancarios.
Todo parecía derrumbarse.
Entonces Ofelia intentó recuperar la calma.
—Todo está en regla.
Uno de los peritos levantó lentamente la vista.
—Curioso.

Porque encontramos más de $1.6 millones transferidos desde la cuenta familiar a una empresa constructora propiedad de su hija Brenda.
La habitación quedó en silencio.
Brenda retrocedió un paso.
—Eso… eso tiene una explicación.
Antes de que pudiera continuar, sonó el teléfono de Andrés.
Él respondió frente a todos.
Era el oncólogo que atendía a Marisol.
—Señor Salgado, ya tenemos los nuevos resultados.
Y también descubrimos quién falsificó los documentos que impidieron que su esposa recibiera tratamiento hace cinco meses.
Andrés activó el altavoz.
La siguiente frase hizo que Ofelia dejara caer el vaso que tenía entre las manos.
Porque el responsable no era un desconocido.
Había firmado personalmente cada autorización desde la propia casa.
Lee la Parte 3.