Gabriel sostuvo con fuerza a Mateo.
Arturo ya había tomado posición junto a la ventana.
Nicolás apenas podía mantenerse de pie.
La puerta terminó de abrirse lentamente.
Un hombre mayor entró con las manos levantadas.
No llevaba armas.
Solo un sobre grueso y una vieja credencial.
Procopio dio un paso al frente.
—Lo conozco.
Fue comandante de la Policía Ministerial hace muchos años.
El desconocido asintió.
—Me llamo Samuel Rivas.
Vine porque alguien intentó borrar el reporte de la cantera antes de que amaneciera.
Gabriel no bajó la guardia.
—¿Quién lo envía?
Samuel dejó el sobre sobre la mesa.
—Nadie.
Hace veinte años le prometí a Tomás Barragán que, si algún día su familia volvía a ser perseguida por defender lo correcto, no miraría hacia otro lado.
Gabriel reconoció inmediatamente el nombre de su padre.
Dentro del sobre había fotografías aéreas, registros de llamadas y copias certificadas de escrituras.
También había un mapa del consorcio Salcedo.
Samuel señaló uno de los documentos.
—Su hijo no descubrió solo empresas fantasma.
Descubrió una red que lleva robando subsidios públicos durante más de quince años.
Arturo revisó los archivos con rapidez.
—Esto basta para abrir una investigación federal.
Samuel negó lentamente.
—Todavía no.
Si denuncian hoy, desaparecerán las pruebas antes de que llegue un fiscal.
Gabriel recordó las palabras de su abuelo.
Primero había que esperar a que el agua se aclarara.
En ese momento sonó un teléfono desechable que Samuel llevaba en el bolsillo.
Contestó sin hablar.
Escuchó apenas unos segundos.
Luego colgó.
Su expresión cambió por completo.
—Nos encontraron.
Apenas terminó la frase, varias camionetas rodearon la casa.
Los motores permanecieron encendidos.
Hombres armados comenzaron a descender.
Nicolás sintió que el corazón se le detenía.
—Es la gente de mi suegro.
Samuel miró por la ventana.
—No.
Ellos nunca usan camionetas blancas.
Esos vehículos pertenecen a otra institución.
Un helicóptero apareció sobre la propiedad.
El viento hizo vibrar las ventanas.

Desde un altavoz se escuchó una orden clara.
—¡Nadie salga de la vivienda!
Todos quedaron inmóviles.
Gabriel pensó que finalmente los Salcedo habían usado toda su influencia.
Pero Samuel sonrió por primera vez.
—Llegaron antes de lo que esperaba.
Arturo abrió apenas una rendija de la cortina.
Lo que vio lo dejó sin palabras.
No eran policías municipales.
Ni hombres del consorcio.
Los vehículos llevaban los distintivos de una unidad federal especializada en delincuencia financiera.
Y el agente que descendía del primer vehículo sostenía una orden de captura con un solo nombre escrito en letras enormes.
Eduardo Salcedo.
Lee la Parte 3.