Laura no volvió a dormir aquella noche.
La libreta permaneció abierta sobre la mesa del comedor.
Debajo de la palabra HECHOS, comenzó a escribir cada frase de Sofía exactamente como la había escuchado.
Sin interpretaciones.
Sin adjetivos.
Solo fechas, nombres y recuerdos.
A las siete de la mañana pidió permiso para trabajar desde casa y llamó a Claudia Serrano, una abogada especializada en derecho familiar que una compañera le había recomendado meses atrás.
Claudia escuchó toda la historia sin interrumpirla.
—No enfrentes a nadie todavía. Si realmente están preparando algo relacionado con la custodia, cualquier advertencia hará desaparecer las pruebas.
Aquellas palabras cambiaron por completo la manera de actuar de Laura.
Esa misma tarde instaló discretamente una copia de seguridad en la nube para todas las cámaras de seguridad del edificio.
También descargó los registros de acceso que el administrador enviaba cada mes a los residentes.
Al revisarlos, encontró algo extraño.
Durante los últimos ocho meses aparecía el mismo nombre registrado más de treinta veces.
Nadia Robles.
Siempre entraba entre las diez de la mañana y la una de la tarde.
Casi siempre los días en que Laura trabajaba presencialmente.

Pero hubo otro detalle aún más inquietante.
En varias ocasiones también había ingresado Teresa apenas quince minutos antes.
Laura imprimió los registros y los guardó dentro de la libreta.
Aquella noche decidió revisar la computadora familiar.
No buscó conversaciones.
Buscó documentos.
Después de varios minutos apareció una carpeta protegida con contraseña.
No logró abrirla.
Sin embargo, la copia automática en la nube mostraba los nombres de los archivos almacenados.
Uno de ellos hizo que el corazón le golpeara con fuerza.
“Custodia_Sofia_Borrador.pdf”.
Había otros.
“Informe_hogar.docx”.
“Fotos_casa.zip”.
“Horarios_madre.xlsx”.
Laura sintió un escalofrío.
No estaban reuniendo simples recuerdos.
Estaban construyendo un expediente completo sobre ella.
Llamó inmediatamente a Claudia.
La abogada permaneció unos segundos en silencio.
—Escúchame con mucha atención. Desde este momento no elimines absolutamente nada.
—¿Crees que realmente pensaban demandarme?
—No lo creo.
Claudia respiró hondo antes de continuar.
—Estoy casi segura.
A la mañana siguiente, Laura llevó a Sofía al colegio como si todo siguiera igual.
Después pasó por la administración del edificio.
El encargado la recibió con una expresión incómoda.
—Señora Laura… hay algo que quizá debería saber.
Sacó un sobre amarillo del cajón.
—Hace tres semanas una mujer vino diciendo que era perito judicial. Preguntó por la distribución de su departamento y pidió autorización para fotografiar las áreas comunes frente a su puerta.
Laura abrió el sobre.
Dentro había una copia del formato de solicitud.
En el espacio reservado para el propietario aparecía una firma.
Era su nombre.
Pero aquella firma jamás la había hecho ella.
La parte 3 está en los comentarios.