A la mañana siguiente, el teléfono comenzó a sonar a las siete en punto.
No era Sebastian.
Era su abogado.
—La señorita Bennett solicita una reunión privada.
Sonreí con tranquilidad.
—No tengo nada que hablar con ella.
—Entonces el señor Carter desea hacerse una prueba de ADN.
—Cuando llegue el momento adecuado, decidiré qué es lo mejor para mis hijos.
Colgué.
No porque tuviera miedo.
Sino porque ya conocía el siguiente movimiento.
Cinco años antes, Olivia había conseguido que todos creyeran que yo había desaparecido voluntariamente.
Esta vez no volvería a controlar la historia.
Aquella tarde acepté reunirme con Sebastian.
No en su oficina.
No en su mansión.
Sino en el mismo restaurante donde había visto por primera vez a los niños.
Cuando llegué, él ya estaba sentado.
Solo.
Parecía no haber dormido.
Sobre la mesa había una carpeta.
—Traje todas las llamadas de esos días.
Todos los registros.
No aparece ninguna llamada tuya.
Asentí lentamente.
—Porque nunca llegaron a ti.
Su mirada se endureció.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
Saqué mi teléfono.
Abrí una carpeta llamada Hospital.
Después conecté un pequeño altavoz.
—Porque hice una copia de seguridad el mismo día que di a luz.
Sebastian frunció el ceño.
—¿Una copia de qué?
Presioné reproducir.
Durante unos segundos solo se escuchó el sonido de una respiración agitada.
Luego apareció mi voz.
Débil.
Cansada.
—Sebastian… ya nacieron…
Son tres…
Por favor, ven…
La grabación se interrumpió bruscamente.
Entonces sonó otra voz.
Perfectamente reconocible.
Olivia.
—¿Quién eres?
—Soy Hannah…
Necesito hablar con Sebastian.
Acaban de nacer nuestros bebés.
Hubo un breve silencio.
Después llegó la frase que había permanecido enterrada durante cinco años.
—No volverás a llamarlo.
Él ya eligió su futuro.
Olvídalo.
Escuché un clic.
Y la llamada terminó.
El restaurante entero parecía haber desaparecido.
Sebastian permanecía inmóvil.
No respiraba.
No hablaba.
Solo seguía escuchando.
La siguiente grabación comenzó inmediatamente.
Era otra llamada.
Mi voz sonaba desesperada.
—Por favor…
Solo dile que nacieron.
Olivia respondió con absoluta calma.
—Voy a borrar este mensaje igual que borré los anteriores.
Deja de humillarte.
Después hubo una risa.
Una risa corta.
Fría.
Y la llamada volvió a terminar.
Sebastian dejó caer lentamente el teléfono sobre la mesa.
Las manos le temblaban.
—No…
Susurró.
—Eso no puede ser.
Lo miré sin decir una sola palabra.
Entonces reproduje el último archivo.
Esta vez no era una llamada.
Era un mensaje de voz.
Olivia hablaba con otra persona.
—Su madre ya convenció a Sebastian de que Hannah perdió a los bebés.
Solo falta que firme los papeles.
Cuando todo termine…
La empresa Carter será completamente nuestra.
El archivo terminó.
El silencio resultó insoportable.

Sebastian apoyó ambas manos sobre el rostro.
Cuando volvió a levantar la cabeza, tenía los ojos completamente rojos.
—Cinco años…
Cinco años creyendo que ustedes habían muerto.
Sentí un nudo en la garganta.
—Mientras tú seguías con tu vida…
Yo aprendía a alimentar a tres recién nacidos completamente sola.
Él cerró los ojos.
—Lo siento.
Negué lentamente.
—No.
No lo sientes por mí.
Lo sientes por haber descubierto demasiado tarde lo que permitiste que ocurriera.
En ese momento sonó su teléfono.
La pantalla mostró un nombre.
Olivia.
Contestó delante de mí.
—Sebastian…
¿Hablaste con ella?
Él respiró profundamente.
—Escuché las grabaciones.
Al otro lado hubo varios segundos de silencio.
Luego Olivia respondió.
—Puedo explicarlo.
—¿Explicar qué?
¿Que interceptaste mis llamadas?
¿Que borraste los mensajes?
¿Que mentiste sobre mis hijos durante cinco años?
La voz de Olivia comenzó a quebrarse.
—Lo hice porque te amaba.
Sebastian soltó una risa amarga.
—No.
Lo hiciste porque amabas lo que yo tenía.
Y colgó.
Durante varios minutos ninguno de los dos habló.
Finalmente me miró.
—Solo quiero conocerlos.
Miré por la ventana antes de responder.
—Eso ya no depende únicamente de ti.
Depende de tres niños que crecieron sin un padre…
…porque una mujer decidió borrar una llamada.
Y porque un hombre jamás comprobó si aquella llamada realmente había existido.